LA MALA EDUCACIÓN DE LOS CIENTÍFICOS

Publicado en Revista Persea.
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Opinión

Alexandra De Castro

09/11/2017

Ilustración de Ada Peña

Ilustración de Ada Peña

La verdad misma fue puesta como ser, como Dios, como instancia suprema, a la verdad no le fue lícito en absoluto ser problema.

Friedrich Nietzsche

 

La primera vez que escuché la palabra epistemología fue en clase de mecánica clásica de tercer año de la carrera de física en mi Universidad.  Entre los alumnos, interrumpiendo la clase formal, discutíamos apasionadamente sobre el empirismo en la mecánica y en la termodinámica, una conversación que se generó de manera espontánea, pues esos temas no forman parte del plan de estudios.

El profesor, uno de los mejores que he tenido, nos permitió debatir por unos minutos e incluso intentó moderar. Sin embargo, la interrupción a la clase fue bastante breve y dejó más dudas que respuestas pues la conversación se desarrolló desde nuestra más profunda ignorancia en materia de filosofía. La mecánica Lagrangiana es hermosa, pero de esos días, aquel debate es uno de los episodios que mejor recuerdo.  

De mis compañeros de clase casi ninguno había leído sobre filosofía. Hume,  Kant, Descartes, eran solo unos nombres famosos, algunos pocos conocían sobre qué escribieron Karl Popper o Bertrand Russell. En varias oportunidades me he encontrado con científicos que nunca han oído hablar de Mario Bunge. La primera vez que escuché sobre la obra de Kuhn fue en un seminario que dio un profesor del departamento de filosofía, cuya asistencia no era obligatoria de ninguna manera.

Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela

Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela

En mi alma mater un físico teórico ve tres veces electromagnetismo a lo largo del pregrado y el postgrado y absolutamente ninguna materia de filosofía. En mi caso particular, aprendí más filosofía formalmente en mi postgrado de comunicación de la ciencia que en toda mi carrera como física de altas energías; y eso es un síntoma claro de que nuestra educación científica contemporánea es profundamente deficiente.

Vale decir que yo estudié química y física en la universidad técnica más importante de Venezuela, en aquel momento muy reconocida, y que la situación no mejora cuando vas a otras latitudes o cuando exploras los pensa de estudios de otras carreras en ciencias básicas, como biología, química o geología ¿Cuántos de nuestros diplomados o postgrados en ciencias en América Latina cuentan con estudios formales y obligatorios de filosofía de la ciencia o teoría del conocimiento? En algunos pocos casos se ha dictado alguna materia básica de filosofía, historia de la ciencia o ciencia y sociedad, de manera obligatoria, en ocasiones inestable en el tiempo. En otros casos este tipo de materias son electivas o no existen. Es evidente que en general, los departamentos de ciencias básicas no le dan la importancia que tiene.  

Mario Bunge, filósofo de la ciencia, profesor en la Universidad de McGill

Mario Bunge, filósofo de la ciencia, profesor en la Universidad de McGill

Es cierto que en las carreras científicas el hecho de que las matemáticas jueguen un papel muy relevante las hace sumamente difíciles. Sin embargo, no deja de ser paradigmático que somos entrenados en un subconjunto muy pequeño de las destrezas que se requieren para hacer investigación fundamental de manera exitosa. Esto es, hacer investigación consciente de los métodos, las corrientes filosóficas que soportan nuestro quehacer y la interpretación de sus resultados.    

Temas como la causalidad, el determinismo, la incertidumbre, la exactitud, el error, entre otros son con frecuencia reducidos a un entendimiento parcial, y por lo tanto insuficiente, a través de las matemáticas ¿Cómo llega un estudiante de física, química, biología o ciencias de la tierra a graduarse sin saber absolutamente nada o muy superficialmente sobre epistemología, ontología o gnoseología?

La pregunta la formula de manera muy acertada la profesora Ana María Cetto, del Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México:

¿Se puede hacer física de manera inocente, sin tener los mínimos conocimientos sobre las posturas filosóficas que hay detrás?   

Durante los estudios formales de física, el énfasis en los programas y las evaluaciones incide en los hechos científicos que se consideran aceptados hasta el momento, las matemáticas y la resolución de problemas. En términos generales, no cabe duda que es un entrenamiento bastante insuficiente. Solucionar problemas es parte de nuestro trabajo, pero un científico es mucho más que eso, ¿o no?  

No se nos enseña a debatir ni a discutir y muchos menos comunicar nuestras ideas y defenderlas. No se nos enseña porqué hacemos lo que hacemos, cómo y porqué una teoría es exitosa, cuándo y porqué una ley física es válida. Incluso llegué a escuchar profesores que eran de la opinión que no había que discutir ni debatir sobre nada en clase, solo calcular y callar. Al final de cuentas, es claro que en esos programas de estudio se considera como buen físico a aquél que tiene la sagacidad y rapidez para resolver problemas con ciertas herramientas de matemáticas.

¿Es nueva la discusión sobre la naturaleza del espacio? ¿Por qué la relatividad general es una buena teoría, en qué se diferencia con la nueva visión sobre la gravedad del físico holandés Erik Verlinde? ¿Por qué los físicos teóricos trabajan intensamente en geometría actualmente? ¿Qué significa unificación, es pertinente pensar en unificación de electromagnetismo con gravedad? ¿Cuáles son las diferencias con los otros éxitos en unificación? ¿Por qué es válido usar la renormalización?  ¿Cómo se incorpora el paradigma de los algoritmos computacionales en la generación de nuevos conocimientos matemáticos?

Y por favor, no me malinterpreten, algunos de quienes fueron mis profesores son excelentes físicos, mentes brillantes, profesionales muy capaces, les debo mucho y los admiro infinitamente. Los problemas que señalo en esta editorial no son de ninguna manera descuido o incapacidad de los profesores individualmente. Es evidente que llamo la atención sobre un problema estructural de la academia y de la visión general contemporánea en el diseño curricular de los estudios en ciencias básicas.    

En los estudios formales de física pasamos de la mecánica clásica a la mecánica cuántica con ínfima discusión sobre el paradigma nuevo y sus diferencias fundamentales. Todas aquellas discusiones sobre realismo, instrumentismo, determinismo, medida e incertidumbre, las diferentes interpretaciones de la mecánica cuántica y la victoria indiscutible de  interpretación de la Copenhague, pasan por debajo de la mesa o se discuten de manera muy superficial. Lo más importante es resolver los problemas del libro de texto. Nuevamente, nada de esto tiene que ver con quién fue mi profesor de mecánica cuántica, él es sin duda uno de los físicos que más admiro.

Muchos científicos, ávidos lectores y curiosos por naturaleza, con el tiempo adquieren el hábito de investigar en materia de filosofía de la ciencia, e incluso algunos toman cursos electivos, pero ¿debemos dejar que la compresión profunda de lo que ha significado nuestro trabajo para la humanidad a la curiosidad espontánea de unos pocos? ¿Qué clase de profesional se forma realmente en las licenciaturas y postgrados de ciencias básicas?  

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La situación empeora cuando en la arena de la investigación aparecen personajes exitosos y con renombre que desprecian abiertamente los estudios en filosofía.  Ejemplos relevantes son Steven Weinberg, Neil deGrasse Tyson y Stephen Hawking, algunos de ellos a quienes personalmente admiro por sus capacidades, propagan la idea de que la filosofía no es necesaria. Más aún, Weinberg ha estado librando una batalla en contra de la filosofía y lo manifiesta abiertamente en sus libros, por ejemplo en Dreams of a Final Theory (Sueños de una teoría final) donde protesta por «la ineficacia irracional de la filosofía».

Dice Hawking en su libro El Gran Diseño:

La filosofía está muerta. […] los filósofos no se han mantenido al día con los desarrollos modernos en la ciencia, particularmente la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento.

Las críticas de Weinberg y Hawking al estado actual de la filosofía y su separación con las ciencias son interesantes y bien fundamentadas. Dice Weinberg y con amplia justificación:

Las ideas de los filósofos ocasionalmente han beneficiado a los físicos, pero generalmente de forma negativa,  pues lo que persiguen es protegerlos de las ideas preconcebidas de otros filósofos.

Por otro lado, las matemáticas, integradas de manera indisoluble a la física, son mucho más que un lenguaje: la física se construye a través de ellas. Un físico teórico es en muchos sentidos un filósofo natural que esgrime sus razonamientos a través de las matemáticas y el éxito rotundo de esta práctica es indiscutible. Muchos filósofos de la ciencia pretenden entender sobre física y matemáticas sin tener conocimientos profundos en ninguna de las dos y eso va más allá de ser incompleto y deficiente.


Stephen Hawking

Stephen Hawking


Steven Weinberg

Steven Weinberg

Sin embargo, en el diagnóstico general es importante revisar no solo por qué existe la separación entre las disciplinas científicas y la filosofía y por qué fallan en el entendimiento mutuo, sino si realmente es pertinente mantener esa separación. Después de una desapasionada aproximación al problema, soy de la opinión absolutamente contraria a Weinberg y Hawking: la respuesta a esta situación no puede ser evitar los estudios en filosofía. Todo lo contrario: no solo los científicos deberíamos estudiarla en profundidad, sino integrarla consistentemente a nuestra disciplina y rutina de trabajo.

La física teórica Sabine Hossenfelder (Universidad de Frankfurt) expresa en su blog:

En la actualidad, los físicos no prestan mucha atención a la filosofía. En la mayoría de los campos no importa mucho, pero cuanto más cercana es la investigación a las preguntas fundamentales, más filosofía entra en juego. 

¿Por qué es importante?

Es socialmente relevante. No podemos menospreciar el conocimiento y la visión del resto de los ciudadanos. Muchos políticos y personas en posiciones de poder e impacto social que queremos aproximar a la ciencia nos encuentran superficiales y banales. Asimismo, como resultado de nuestra educación orientada a un entrenamiento muy limitado, el vocabulario del físico promedio es muy pobre y sus capacidades para relacionar su trabajo y sus hallazgos con su entorno social es cada vez más precario.

El entrenamiento en filosofía,  su lenguaje y contexto, nos provee de herramientas para defender nuestras ideas frente a los filósofos y sociólogos de la ciencia. El mismo Weinberg ha logrado responder con mucho éxito a muchas de las cuestiones equivocadamente planteadas desde la filosofía de la ciencia. Un ejemplo concreto lo podemos leer ensayo La Revolución que Nunca Ocurrió en respuesta al libro La Estructura de las Revoluciones Científicas de Thomas Kuhn,  pero para Weinberg poder responder ha tenido que estudiar primero sobre filosofía e historia de la física.

Y, desde luego, no solamente es relevante para defender nuestras ideas sino para comprenderlas más allá de la práctica y los métodos. No podemos entender qué clase de conocimiento estamos produciendo o evaluar nuestras conclusiones sin la discusión filosófica. Los científicos sí tenemos posturas filosóficas, aunque muchos pasan su vida productiva considerando esta cuestión irrelevante. En oportunidades he escuchado científicos declararse frecuentistas o bayesianos en el uso de las estadísticas, como si se tratara de una preferencia estética, sin darse cuenta de que la elección tiene consecuencias profundamente epistemológicas.  

Por otro lado, es importante en la observación sobre las diferencias metodológicas y gnoseológicas en las diferentes disciplinas científicas: ¿en qué son diferentes la química, la biología, la geología, la ecología y la física? ¿Son solo distintas en el aspecto metodológico o en el objeto de estudio?

Hay un cisma incomprensible y perjudicial entre quienes pretenden saber qué significa crear conocimiento y los que de hecho lo crean. Pero no nos equivoquemos y que nuestra arrogancia injustificada no nos ciegue: aquellos, los filósofos, están parados sobre hombros de gigantes y los conocimientos que manejan no son de ninguna manera espurios. Suponer a la ciencia en la cima de todo olvidando que existen muchos otros valores humanos, y que ningún ramal del conocimiento puede sustentarse aisladamente, deteriora la práctica científica a la larga más de lo que sospechamos.

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