Peces del fondo: biología e implicancias ecológicas

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Una tarde, Penélope salió a correr por la ciudad y entró al centro comercial más cercano para ir a los servicios. Cuando se dirigía ya hacia la salida, cierto escenario hizo que se detuviera y se diera vuelta para observar algo desde más cerca. Allí, como arriba de una tarima, se encontraban personas de todas […]

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Buscan que los neuroderechos se incluyan en la Declaración Universal de los Derechos Humanos

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Neurotecnologías e inteligencia artificial: las claves para descifrar el cerebro.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             Rafael Yuste, neurobiólogo y director del Centro de Neurotecnología de la Universidad de Columbia de Nueva York, es impulsor del proyecto Brain y estuvo en Uruguay en el marco del LATBrain Initiative Meeting, la primera reunión académica de la región para dar inicio al Proyecto Cerebro Latinoamericano.

Yuste habló con SobreCiencia sobre el proyecto Brain (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies), una iniciativa que busca trazar el mapa del cerebro a través de neurotecnologías que pueden registrar la actividad neuronal.

El proyecto, que lanzó oficialmente el expresidente Barack Obama en el año 2013, abarca a quinientos laboratorios tanto de Estados Unidos como del resto del mundo, y tiene una financiación estimada de seis mil millones de dólares, distribuidos en quince años.

Yuste dijo que el objetivo es desarrollar técnicas para estudiar el cerebro y registrar su actividad. Se utilizan técnicas ópticas, eléctricas, de nanofísica, nanoquímica y técnicas computacionales para descifrar y procesar los datos que se obtienen, contó.

El científico subrayó que la clave para descubrir cómo funciona el cerebro está en la investigación de las neuronas en conjunto y no individualmente. “No comprendemos cómo funciona el cerebro porque las técnicas que utilizamos los neurobiólogos permiten estudiar el cerebro de neurona a neurona. Y si hacemos eso estamos viendo solo un píxel en una película, y por mucho tiempo que miremos un píxel nunca nos enteraremos de lo que ocurre, porque tenemos que verlos a todos a la vez. Y no tenemos técnicas para registrar la actividad de todas las neuronas a la vez”, expresó.

Se sabe muchísimo de cómo funcionan las neuronas en forma individual precisamente por eso, porque llevamos ya cien años estudiándolas de una en una. Tenemos mucha información sobre ellas: molecular, cómo funciona la sinapsis, cómo disparan; todo eso se entiende muy bien, pero en el momento en que se juntan y se forma lo que llamamos ‘circuito neuronal’, ahí ya es territorio completamente desconocido (…). Yo tengo la intuición —y muchos de mis colegas— de que el nivel crítico, la pieza clave del edificio, es precisamente esto de los circuitos neuronales, porque ocurren en todos los animales que tienen sistema nervioso. Es muy posible que en este campo también existan reglas generales como sucede en la genética, como la hélice del ADN que explica cómo se trasmite la herencia.

Entonces, lo que estamos buscando nosotros y mis compañeros de profesión es, justamente, saber cuál es el ADN de los circuitos neuronales, cuáles son los principios básicos, porque una vez que lo sepamos, vamos a poder enlazar toda la información que tenemos, molecular y celular, y explicar el comportamiento de los animales o, todavía más importante, de la mente humana y las capacidades mentales”, detalló.

Yuste agregó que es imprescindible entender el sistema “para poder arreglarlo cuando se estropea”, y remarcó que estas técnicas tendrán en un futuro una repercusión muy grande en la medicina y en la cura de las enfermedades mentales y neurológicas, algo que actualmente no se puede hacer porque no entendemos cómo funciona el cerebro.

Estamos en mitad del Brain, o quizás todavía al comienzo, y no se sabe cuáles son las tecnologías que van a ser más importantes en el futuro. Por ejemplo, en el caso del proyecto del genoma humano, las tecnologías que se utilizaron no estaban en la línea de salida, se inventaron durante la mitad. Entonces, es posible —yo diría que es muy posible— que las tecnologías que se van a utilizar para registrar la actividad cerebral y alterarla todavía no se hayan inventado”, señaló.

Contó que actualmente utilizan tecnologías ópticas y microscopía, técnicas no invasivas que tienen la ventaja de permitir ver muchas neuronas a la vez en tres dimensiones y registrarlas en grupo.
Agregó que en su laboratorio están desarrollando técnicas de nanoelectrónica, chips de semiconductores que contienen millones de electrodos y se aplican sobre el tejido cerebral para registrar la actividad de las neuronas en la superficie del tejido, lo que permite un registro de la actividad cerebral más rápido y de mejor resolución.

También hizo referencia a técnicas nanoquímicas, que consisten en la utilización de nanopartículas para activar a las neuronas con luz, o también para registrar su actividad.

Neuroderechos

El científico contó a SobreCiencia que una vez que se descifren los circuitos cerebrales y este conocimiento se una a la inteligencia artificial, se generarán herramientas para curar a pacientes con enfermedades neurológicas, pero a su vez, estas tecnologías, si no son usadas con buenos fines, pondrán en peligro las bases fundamentales de lo que es una persona.

El experto agregó que ya hoy en su laboratorio pueden cambiar el comportamiento de ratones al estimularle ciertas neuronas, y si esto ya es posible, será aplicable al ser humano.

Rafael Yuste ganó en el 2018 el Premio Eliasson, otorgado por la Fundación Tällberg (Suecia), por su liderazgo en la exploración de las consecuencias éticas que emergen de la confluencia entre la neurotecnología y la inteligencia artificial.

Yuste integra un grupo de veinticinco expertos de la ciencia, la medicina, la bioética y el derecho, entre otras instituciones, que vienen trabajando para que los neuroderechos sean incluidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los neuroderechos son cinco: 1) La privacidad mental, para que el contenido de la mente y el cerebro no pueda ser extraído o descifrado. 2) La identidad personal, para que en caso de que se conecte un ser humano a la red no pierda su propia identidad. 3) El libre albedrío, para que las personas mantengan su capacidad de decisión. 4) La igualdad de aumentación, para que las técnicas para aumentación cognitiva no sean aplicadas por razones económicas, políticas o sociales, sino por razones médicas a las personas que lo necesiten. Y el quinto neuroderecho refiere a la prohibición contra los sesgos, ya que los algoritmos de inteligencia artificial tienen sesgos y si una persona es conectada a la red, se corre el riesgo de que ingresen a su cerebro sin que esta lo sepa.

Es posible que estas técnicas se puedan utilizar en personas que no sean pacientes, y en ese caso hasta puede cambiar la definición de lo que es un ser humano. Podemos imaginarnos —y yo creo que ocurrirá— que los seres humanos estarán aumentados por dispositivos electrónicos, por ejemplo, de inteligencia artificial. Al estar conectados a la red, podrán utilizar en su cerebro algoritmos y bases de datos que vengan de afuera, y eso va a generar un aumento cognitivo de la especie humana, pudiendo alterar las bases fundamentales de lo que es una persona. Por eso nosotros proponemos que se ponga al día la definición de ser humano capturada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se incluyan estos neuroderechos”, remarcó.

Estamos hablando de un futuro que no veo tan lejano, porque estas prótesis que se están desarrollando, por ejemplo, para el proyecto Brain, para medir la actividad cerebral de pacientes, se pueden utilizar también para conectar a las personas a la red, y se puede hacerlo a través de una interfaz. Si la información que viene de la red es toda sesgada, en vez de lanzar la humanidad hacia al futuro la estaremos llevando hacia el pasado”, reflexionó.

Yuste anunció que están trabajando para presentar estos neuroderechos en las Naciones Unidas, en la Unión Europea, en Argentina —donde hace poco mantuvieron una reunión con representantes del gobierno e investigadores— y en Chile, a través de la Oficina del Congreso del Futuro del Senado de la República Chilena, junto al senador Guido Girardi.

A pesar del peligro que puede ocasionar el mal uso de estas tecnologías, Yuste es optimista en cuanto al futuro de la humanidad cuando se pueda entender cómo funciona el cerebro.

Yo soy optimista; el conocimiento siempre es bueno, y el desarrollo tecnológico en principio es lo que lleva a la humanidad hacia el progreso. De hecho, no hay progreso sin el desarrollo tecnológico; eso siempre ha ocurrido en la historia. Con estas técnicas se podrá conocer cómo funciona el cerebro y cómo el cerebro genera la mente. Podremos entender quiénes somos, qué es la mente humana, y nos conoceremos a nosotros mismos por primera vez en la historia. Luego se podrá ayudar a todos estos pacientes que tenemos con enfermedades mentales y neurológicas, por quienes hoy no se puede hacer nada. La manera más lógica de ayudarlos es entender cómo funciona el sistema para arreglarlo. Esas son las consecuencias positivas que llevarán a la humanidad a dar un salto adelante, pero tenemos que asegurarnos de que ese salto no sea un salto desbocado”, concluyó.

Texto: Alexandra Perrone

Escuchar el informe:


200 años de Léon Foucault

Publicado en el blog de Martín Monteiro .
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“Fue entonces cuando vi el Péndulo.
La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.[…]
La Tierra giraba, pero el sitio donde estaba anclado el hilo era el único punto fijo del universo. Por tanto, no era hacia la Tierra adonde se dirigía mi mirada, sino hacia arriba, allí donde se celebraba el misterio de la inmovilidad absoluta.”
Umberto Eco (El péndulo de Foucault)

Hace 200 años, el 18 de setiembre de 1819, en París, nacía Léon Foucault,  el científico que entre muchos otros aportes, midió la velocidad de la luz, inventó el giroscopio y demostró la rotación de la Tierra mediante el péndulo que lleva su nombre. Hoy en día el Péndulo de Foucault (además de dar título a la novela de Umberto Eco), es un clásico en casi todos los museos de ciencia del mundo y está presente en muchas otras instalaciones como universidades, parques y edificios, tanto por su significación histórica y científica como por su característica casi escultórica, que sumada a la originalidad que los diseñadores y arquitectos le otorgan en cada variante, lo destacan dentro de cada espacio en donde se encuentre instalado. El edificio de las Naciones Unidas, en New York, es sede de una variante muy conocida de un péndulo de Foucault elevado. Es el que figura en la portada del libro de Félix Cernuschi, Experimento, Razonamiento y Creación en Física.

El 26 de marzo de 1851, en el Panteón de París, Foucault instaló un péndulo construido con una esfera de 26 kg colgada de un alambre de 67 metros de largo. Al hacerlo oscilar, se pudo observar que el plano de oscilación del péndulo cambiaba lentamente de dirección, demostrando de ese modo la rotación de la Tierra sobre su propio eje.
A modo de homenaje comparto el inicio de la novela de Umberto Eco y algunas fotos de péndulos de Foucault con los que me he encontrado. Lamentablemente ninguno de esos pertenece a Uruguay. Una deuda que todavía no hemos saldado con una de las demostraciones icónicas de la historia de la ciencia.
Con el péndulo de Foucault de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, durante la Reunión de la Asociación Física Argentina 2018.
Gracias a Guillermo Mattei, del Museo de Física.




El Péndulo de Foucault (Umberto Eco)
Fue entonces cuando vi el Péndulo.
La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.
Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el período obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número “pi” que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de él, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo.
También sabía que en la vertical del punto de suspensión, en la base, un dispositivo magnético, comunicando su estímulo a un cilindro oculto en el corazón de la esfera, garantizaba la constancia del movimiento, artificio introducido para contrarrestar las resistencias de la materia, pues no sólo era compatible con la ley del Péndulo, sino que, precisamente, hacía posible su manifestación, porque en el vacío, cualquier punto material pesado, suspendido del extremo de un hilo inextensible y sin peso, que no sufriese la resistencia del aire ni tuviera fricción con su punto de sostén, habría oscilado en forma regular por toda la eternidad.
La esfera de cobre despedía pálidos, cambiantes reflejos, comoquiera que reverberara los últimos rayos del sol que penetraban por las vidrieras.
Si, como antaño, su punta hubiese rozado una capa de arena húmeda extendida sobre el pavimento del coro, con cada oscilación habría inscrito un leve surco sobre el suelo, y el surco, al cambiar infinitesimalmente de dirección a cada instante, habría ido ensanchándose hasta formar una suerte de hendidura, o de foso, donde hubiera podido adivinarse una simetría radial, semejante al armazón de una mándala, a la estructura invisible de un pentaculum, a una estrella, a una rosa mística. No, más bien, a la sucesión, grabada en la vastedad de un desierto, de huellas de infinitas, errantes caravanas. Historia de lentas, milenarias migraciones; quizá fueran así las de los Atlántidas del continente Mu, en su tenaz y posesivo vagar, oscilando de Tasmania a Groenlandia, del Trópico de Capricornio al de Cáncer, de la Isla del Príncipe Eduardo a las Svalvard. La punta repetía, narraba nuevamente en un tiempo harto contraído, lo que ellos habían hecho entre una y otra glaciación, y quizá aún seguían haciendo, ahora como mensajeros de los Señores; quizá en el trayecto desde Samoa a Nueva Zembla la punta rozaba, en su posición de equilibrio, Agarttha, el Centro del Mundo. Intuí que un único plano vinculaba Avalón, la hiperbórea, con el desierto austral que custodia el enigma de Ayers Rock. 
En aquel momento, a las cuatro de la tarde del 23 de junio, el Péndulo reducía su velocidad en un extremo del plano de oscilación, para dejarse caer indolente hacia el centro, acelerar a mitad del trayecto, hendir confiado el oculto cuadrilátero de fuerzas que marcaban su destino.
Si hubiera permanecido allí, indiferente al paso de las horas, contemplando aquella cabeza de pájaro, aquella punta de lanza, aquella cimera invertida, mientras trazaba en el vacío sus diagonales, rasando los puntos opuestos de su astigmática circunferencia, habría sucumbido a un espejismo fabulador, porque el Péndulo me habría hecho creer que el plano de oscilación habría completado una rotación entera para regresar, en treinta y dos horas, a su punto de partida, describiendo una elipse aplanada, la cual giraba también alrededor de su centro con una velocidad angular uniforme, proporcional al seno de la latitud. ¿Cómo habría girado si el punto hubiese estado sujeto en el ápice de la cúpula del Templo de Salomón? quizá los Caballeros también habían probado allí. quizá el cálculo, el significado final, hubiera permanecido inalterado. quizá la iglesia abacial de Saint Martin-des-Champs era el verdadero Templo. En cualquier caso, el experimento sólo habría sido perfecto en el Polo, único lugar en que el punto de suspensión se sitúa en la prolongación del eje de rotación de la Tierra, y donde el Péndulo consumaría su ciclo aparente en veinticuatro horas. 
Pero no por aquella desviación con respecto a la Ley, prevista por lo demás en la Ley, no por aquella violación de una medida áurea se empañaba la perfección del prodigio. Sabía que la Tierra estaba girando, y yo con ella, y Saint Martin-des-Champs y toda París conmigo y que juntos girábamos bajo el Péndulo, cuyo plano en realidad jamás cambiaba de dirección, porque allá arriba, en el sitio del que estaba suspendido, y en la infinita prolongación ideal del hilo, allá en lo alto, siguiendo hacia las galaxias más remotas, permanecía, eternamente inmóvil, el Punto Quieto.
La Tierra giraba, pero el sitio donde estaba anclado el hilo era el único punto fijo del universo.
Por tanto, no era hacia la Tierra adonde se dirigía mi mirada, sino hacia arriba, allí donde se celebraba el misterio de la inmovilidad absoluta.
El Péndulo me estaba diciendo que, siendo todo móvil, el globo, el sistema solar, las nebulosas, los agujeros negros y todos los hijos de la gran emanación cósmica, desde los primeros eones hasta la materia más viscosa, un solo punto era perno, clavija, tirante ideal, dejando que el universo se moviese a su alrededor. Y ahora yo participaba en aquella experiencia suprema, yo, que sin embargo me movía con todo y con el todo, pero era capaz de ver Aquello, lo Inmóvil, la Fortaleza, la Garantía, la niebla resplandeciente que no es cuerpo ni tiene figura, forma, peso, cantidad o calidad, y no ve, no oye, ni está sujeta a la sensibilidad, no está en algún lugar o en algún tiempo, en algún espacio, no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, número, orden, medida, substancia, eternidad, no es tinieblas ni luz, no es error y no es verdad.
///
Algunos péndulos de Foucault que en conocido:
Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires

Observatorio Griffith de Los Ángeles, California.

Eyring Science Center, Brigham Young University (BYU), Provo, Utah.

Science Building, Utah State University, Provo, Utah.

Clark Planetarium, Salt Lake City, Utah.

El péndulo de Foucault del edificio de la ONU en New York: portada del libro de Félix Cernuschi, Experimento, Razonamiento y Creación en Física.

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Fotogalería astronómica 100 años bajo un mismo cielo

Publicado en el blog de Martín Monteiro .
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En la Fotogalería a cielo abierto del Centro Cultural Goes (en Montevideo), se encuentra en exhibición la muestra fotográfica “100 años bajo un mismo cielo. Un siglo que transformó nuestra visión del Universo,” que organizamos desde la Sociedad Uruguaya de Astronomía, con el Centro de Fotografía de Montevideo, en el marco de las celebraciones por el centenario de la Unión Astronómica Internacional, #IAU100.

Se trata de una exposición fotográfica de grandes dimensiones que recorre algunos de los hitos de la astronomía y la exploración espacial en estos últimos 100 años, así como parte de la historia de la astronomía en Uruguay. En la selección de las imágenes y los textos trabajamos junto a Julio Fernández y Pablo Lemos, del Departamento de Astronomía de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República.

La exposición estará abierta hasta el 4 de noviembre de 2019.
Comparto aquí la exposición completa en pdf, junto con los textos, los créditos y algunas imágenes de la fotogalería.
Eventos en Uruguay por los 100 años de la UAI: http://www.iau-100.edu.uy/eventos-en-uruguay/

La exposición “100 años bajo un mismo cielo” ha sido creada por la Sociedad Uruguaya de Astronomía en el marco del centenario de la Unión Astronómica Internacional (UAI) (1919-2019), a partir de imágenes internacionales de la UAI y otras fuentes, complementada con registros históricos sobre la astronomía en Uruguay. Es un intento modesto de navegar por algunos de los logros más importantes y espectaculares de la astronomía moderna. Un viaje global a través de un siglo de avances científicos y tecnológicos, en una era de inspiración que expandió las fronteras sociales y estimuló la imaginación. Una celebración del trabajo de investigación y descubrimiento para darle sentido a nuestro fascinante y misterioso hogar, el Universo.

Créditos de la exposición:
Coordinación de exposición: Hella Spinelli/CdF, Victoria Ismach/CdF, Martín Monteiro/SUA
Edición: Unión Astronómica Internacional (IAU), Science Now, Sociedad Uruguaya de Astronomía (SUA)
Preparación de archivos y control de impresión: Martín Picardo/CdF
Textos: Julio Ángel Fernández, Pablo Lemos y Martín Monteiro
Revisión de textos: Natalia Mardero / CdF
Gráfica: Mathías Domínguez/CdF
Montaje: Darwin Ruiz/CdF, José Martí/CdF

Muestra completa en PDF:


“100 años bajo un mismo cielo” 
Un siglo que transformó nuestra visión del Universo

Una gran cantidad de logros notables han tenido lugar durante el último siglo. Mientras el mundo se recuperaba de la devastación de la Primera Guerra Mundial, la comunidad astronómica se encontraba en la frontera del conocimiento, al borde de una revolución de dimensiones copernicanas. Los pilares de la física estaban a punto de cambiar y la comprensión de nuestro lugar en el Universo pronto se expandiría a paisajes previamente impensados.

Lo que siempre nos ha llevado hacia adelante ha sido la curiosidad. Durante mucho tiempo hemos buscado respuestas para comprender mejor algunas de las preguntas más universales y existenciales de la humanidad. ¿Cuál es el tamaño y la estructura de esta entidad que llamamos “Universo”? ¿Hay vida fuera de la Tierra? ¿De dónde sale la energía de las estrellas? ¿Cómo comienzan a brillar y qué pasa cuando mueren?

Algunas de estas preguntas pueden parecer obsoletas hoy, mientras que otras son tan abiertas como lo fueron hace cien años. Como en toda la historia de la ciencia y los descubrimientos, eso fue sólo el comienzo. Las respuestas a algunas preguntas traen aparejadas nuevas preguntas, que le dan a la ciencia nuevo vigor y frescura, en un ciclo que parece repetirse indefinidamente.

La exposición “100 años bajo un mismo cielo” es un intento modesto de navegar por algunos de los logros más importantes y espectaculares de la astronomía moderna. Es un viaje global a través de un siglo de avances científicos y tecnológicos y una era de inspiración que expandió las fronteras sociales y estimuló la imaginación. La exposición celebra el trabajo de investigación y descubrimiento de un siglo al darle sentido a nuestro fascinante y misterioso hogar, el Universo.

También describimos aquí brevemente las iniciativas más importantes que se llevaron a cabo en nuestro país para acompañar los notables avances de la astronomía en todo el mundo. En este sentido se destaca la construcción de algunos observatorios astronómicos universitarios, de Enseñanza Secundaria y de aficionados, el Planetario de Montevideo y el Departamento de Astronomía en la Universidad de la República que junto con varias otras iniciativas, constituyen hitos que muestran que en el último siglo hubo un interés y un esfuerzo sostenido en el país para no quedar al margen de tal espectacular desarrollo.

Esta exposición ha sido creada por la Sociedad Uruguaya de Astronomía en el marco del centenario de la Unión Astronómica Internacional (UAI) (1919-2019). Las imágenes expuestas provienen en parte de una muestra internacional organizada por la UAI, la cual ha sido ampliada y complementada con registros de otros acontecimientos astronómicos relevantes, así como con documentos históricos y recientes sobre instituciones y actividades astronómicas desarrolladas en nuestro país durante el último siglo.

Sociedad Uruguaya de Astronomía

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Nuevo visitante interestelar

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El pasado 30 de agosto de 2019, el astrónomo ruso Gennady Borisov descubrió un cometa que según los primeros cálculos tiene órbita hiperbólica, tratándose entonces de un objeto extrasolar, es decir con origen externo al Sistema Solar, con lo cual sería el segundo objeto interestelar de la historia en ser observado después del célebre ‘Oumuamua, del año 2017.
Simulación de la órbita (en verde) del C/2019 Q4 (Borisov), según estimación de sus elementos orbitales con respecto a las órbitas de los planetas del Sistema Solar (órbita de Neptuno en azul). Crédito: Project Pluto

El Centro de Planetas Menores de la Unión Astronómica Internacional, informó oficialmente el descubrimiento este 11 de setiembre en su circular M.P.E.C. 2019-R106, donde se le asigna el nombre provisional C/2019 Q4 (Borisov):
“En base a las observaciones disponibles, la solución orbital para este objeto ha convergido a los elementos hiperbólicos que se muestran a continuación, lo que indicaría un origen interestelar. Varias otras computadoras orbitales han llegado a conclusiones similares, inicialmente D. Farnocchia (JPL), W. Gray y D. Tholen (UoH). Claramente es muy deseable obtener observaciones adicionales, ya que todas las observaciones disponibles hasta el momento se han obtenido para pequeñas elongaciones solares y bajas elevaciones. En ausencia de un desvanecimiento o desintegración inesperada, este objeto debería ser observable durante al menos un año.”

El descubrimiento de C/2019 Q4 (antes, gb00234), fue realizado desde Crimea mediante un telescopio de 65 cm de apertura diseñado por el propio descubridor, Gennady Borisov, astrónomo aficionado, ingeniero del Instituto Astronómico Estatal Shtérnberg (GAISh), dependiente de la Universidad Estatal de Moscú.
El objeto parece presentar una cola, lo que origina su clasificación como cometa. En el momento de su descubrimiento se movía con una velocidad de 30 km/s, a una distancia de 3 unidades astronómicas del Sol, en una órbita de excentricidad 3, con una inclinación de 57º con respecto al plano de la eclíptica. Las predicciones establecen que en diciembre estaría ocurriendo su máximo acercamiento al Sol, que sería de 2 unidades astronómicas. Su tamaño parece no ser mayor a los 20 km de diámetro.
Cometa C/2019 Q4 (Borisov), moviéndose a través del cielo. Crédito: Gennady Borisov
Detalle del cometa C/2019 Q4 (Borisov). Crédito: Gennady Borisov
Telescopio de 65 cm, diseñado por Gennady Borisov, con el cual descubrió el cometa C/2019 Q4, el 30 de agosto de 2019. Crédito: Gennady Borisov

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