LA MALA EDUCACIÓN DE LOS CIENTÍFICOS

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Opinión

Alexandra De Castro

09/11/2017

Ilustración de Ada Peña

Ilustración de Ada Peña

La verdad misma fue puesta como ser, como Dios, como instancia suprema, a la verdad no le fue lícito en absoluto ser problema.

Friedrich Nietzsche

 

La primera vez que escuché la palabra epistemología fue en clase de mecánica clásica de tercer año de la carrera de física en mi Universidad.  Entre los alumnos, interrumpiendo la clase formal, discutíamos apasionadamente sobre el empirismo en la mecánica y en la termodinámica, una conversación que se generó de manera espontánea, pues esos temas no forman parte del plan de estudios.

El profesor, uno de los mejores que he tenido, nos permitió debatir por unos minutos e incluso intentó moderar. Sin embargo, la interrupción a la clase fue bastante breve y dejó más dudas que respuestas pues la conversación se desarrolló desde nuestra más profunda ignorancia en materia de filosofía. La mecánica Lagrangiana es hermosa, pero de esos días, aquel debate es uno de los episodios que mejor recuerdo.  

De mis compañeros de clase casi ninguno había leído sobre filosofía. Hume,  Kant, Descartes, eran solo unos nombres famosos, algunos pocos conocían sobre qué escribieron Karl Popper o Bertrand Russell. En varias oportunidades me he encontrado con científicos que nunca han oído hablar de Mario Bunge. La primera vez que escuché sobre la obra de Kuhn fue en un seminario que dio un profesor del departamento de filosofía, cuya asistencia no era obligatoria de ninguna manera.

Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela

Universidad Simón Bolívar, Caracas, Venezuela

En mi alma mater un físico teórico ve tres veces electromagnetismo a lo largo del pregrado y el postgrado y absolutamente ninguna materia de filosofía. En mi caso particular, aprendí más filosofía formalmente en mi postgrado de comunicación de la ciencia que en toda mi carrera como física de altas energías; y eso es un síntoma claro de que nuestra educación científica contemporánea es profundamente deficiente.

Vale decir que yo estudié química y física en la universidad técnica más importante de Venezuela, en aquel momento muy reconocida, y que la situación no mejora cuando vas a otras latitudes o cuando exploras los pensa de estudios de otras carreras en ciencias básicas, como biología, química o geología ¿Cuántos de nuestros diplomados o postgrados en ciencias en América Latina cuentan con estudios formales y obligatorios de filosofía de la ciencia o teoría del conocimiento? En algunos pocos casos se ha dictado alguna materia básica de filosofía, historia de la ciencia o ciencia y sociedad, de manera obligatoria, en ocasiones inestable en el tiempo. En otros casos este tipo de materias son electivas o no existen. Es evidente que en general, los departamentos de ciencias básicas no le dan la importancia que tiene.  

Mario Bunge, filósofo de la ciencia, profesor en la Universidad de McGill

Mario Bunge, filósofo de la ciencia, profesor en la Universidad de McGill

Es cierto que en las carreras científicas el hecho de que las matemáticas jueguen un papel muy relevante las hace sumamente difíciles. Sin embargo, no deja de ser paradigmático que somos entrenados en un subconjunto muy pequeño de las destrezas que se requieren para hacer investigación fundamental de manera exitosa. Esto es, hacer investigación consciente de los métodos, las corrientes filosóficas que soportan nuestro quehacer y la interpretación de sus resultados.    

Temas como la causalidad, el determinismo, la incertidumbre, la exactitud, el error, entre otros son con frecuencia reducidos a un entendimiento parcial, y por lo tanto insuficiente, a través de las matemáticas ¿Cómo llega un estudiante de física, química, biología o ciencias de la tierra a graduarse sin saber absolutamente nada o muy superficialmente sobre epistemología, ontología o gnoseología?

La pregunta la formula de manera muy acertada la profesora Ana María Cetto, del Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México:

¿Se puede hacer física de manera inocente, sin tener los mínimos conocimientos sobre las posturas filosóficas que hay detrás?   

Durante los estudios formales de física, el énfasis en los programas y las evaluaciones incide en los hechos científicos que se consideran aceptados hasta el momento, las matemáticas y la resolución de problemas. En términos generales, no cabe duda que es un entrenamiento bastante insuficiente. Solucionar problemas es parte de nuestro trabajo, pero un científico es mucho más que eso, ¿o no?  

No se nos enseña a debatir ni a discutir y muchos menos comunicar nuestras ideas y defenderlas. No se nos enseña porqué hacemos lo que hacemos, cómo y porqué una teoría es exitosa, cuándo y porqué una ley física es válida. Incluso llegué a escuchar profesores que eran de la opinión que no había que discutir ni debatir sobre nada en clase, solo calcular y callar. Al final de cuentas, es claro que en esos programas de estudio se considera como buen físico a aquél que tiene la sagacidad y rapidez para resolver problemas con ciertas herramientas de matemáticas.

¿Es nueva la discusión sobre la naturaleza del espacio? ¿Por qué la relatividad general es una buena teoría, en qué se diferencia con la nueva visión sobre la gravedad del físico holandés Erik Verlinde? ¿Por qué los físicos teóricos trabajan intensamente en geometría actualmente? ¿Qué significa unificación, es pertinente pensar en unificación de electromagnetismo con gravedad? ¿Cuáles son las diferencias con los otros éxitos en unificación? ¿Por qué es válido usar la renormalización?  ¿Cómo se incorpora el paradigma de los algoritmos computacionales en la generación de nuevos conocimientos matemáticos?

Y por favor, no me malinterpreten, algunos de quienes fueron mis profesores son excelentes físicos, mentes brillantes, profesionales muy capaces, les debo mucho y los admiro infinitamente. Los problemas que señalo en esta editorial no son de ninguna manera descuido o incapacidad de los profesores individualmente. Es evidente que llamo la atención sobre un problema estructural de la academia y de la visión general contemporánea en el diseño curricular de los estudios en ciencias básicas.    

En los estudios formales de física pasamos de la mecánica clásica a la mecánica cuántica con ínfima discusión sobre el paradigma nuevo y sus diferencias fundamentales. Todas aquellas discusiones sobre realismo, instrumentismo, determinismo, medida e incertidumbre, las diferentes interpretaciones de la mecánica cuántica y la victoria indiscutible de  interpretación de la Copenhague, pasan por debajo de la mesa o se discuten de manera muy superficial. Lo más importante es resolver los problemas del libro de texto. Nuevamente, nada de esto tiene que ver con quién fue mi profesor de mecánica cuántica, él es sin duda uno de los físicos que más admiro.

Muchos científicos, ávidos lectores y curiosos por naturaleza, con el tiempo adquieren el hábito de investigar en materia de filosofía de la ciencia, e incluso algunos toman cursos electivos, pero ¿debemos dejar que la compresión profunda de lo que ha significado nuestro trabajo para la humanidad a la curiosidad espontánea de unos pocos? ¿Qué clase de profesional se forma realmente en las licenciaturas y postgrados de ciencias básicas?  

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La situación empeora cuando en la arena de la investigación aparecen personajes exitosos y con renombre que desprecian abiertamente los estudios en filosofía.  Ejemplos relevantes son Steven Weinberg, Neil deGrasse Tyson y Stephen Hawking, algunos de ellos a quienes personalmente admiro por sus capacidades, propagan la idea de que la filosofía no es necesaria. Más aún, Weinberg ha estado librando una batalla en contra de la filosofía y lo manifiesta abiertamente en sus libros, por ejemplo en Dreams of a Final Theory (Sueños de una teoría final) donde protesta por «la ineficacia irracional de la filosofía».

Dice Hawking en su libro El Gran Diseño:

La filosofía está muerta. […] los filósofos no se han mantenido al día con los desarrollos modernos en la ciencia, particularmente la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento.

Las críticas de Weinberg y Hawking al estado actual de la filosofía y su separación con las ciencias son interesantes y bien fundamentadas. Dice Weinberg y con amplia justificación:

Las ideas de los filósofos ocasionalmente han beneficiado a los físicos, pero generalmente de forma negativa,  pues lo que persiguen es protegerlos de las ideas preconcebidas de otros filósofos.

Por otro lado, las matemáticas, integradas de manera indisoluble a la física, son mucho más que un lenguaje: la física se construye a través de ellas. Un físico teórico es en muchos sentidos un filósofo natural que esgrime sus razonamientos a través de las matemáticas y el éxito rotundo de esta práctica es indiscutible. Muchos filósofos de la ciencia pretenden entender sobre física y matemáticas sin tener conocimientos profundos en ninguna de las dos y eso va más allá de ser incompleto y deficiente.


Stephen Hawking

Stephen Hawking


Steven Weinberg

Steven Weinberg

Sin embargo, en el diagnóstico general es importante revisar no solo por qué existe la separación entre las disciplinas científicas y la filosofía y por qué fallan en el entendimiento mutuo, sino si realmente es pertinente mantener esa separación. Después de una desapasionada aproximación al problema, soy de la opinión absolutamente contraria a Weinberg y Hawking: la respuesta a esta situación no puede ser evitar los estudios en filosofía. Todo lo contrario: no solo los científicos deberíamos estudiarla en profundidad, sino integrarla consistentemente a nuestra disciplina y rutina de trabajo.

La física teórica Sabine Hossenfelder (Universidad de Frankfurt) expresa en su blog:

En la actualidad, los físicos no prestan mucha atención a la filosofía. En la mayoría de los campos no importa mucho, pero cuanto más cercana es la investigación a las preguntas fundamentales, más filosofía entra en juego. 

¿Por qué es importante?

Es socialmente relevante. No podemos menospreciar el conocimiento y la visión del resto de los ciudadanos. Muchos políticos y personas en posiciones de poder e impacto social que queremos aproximar a la ciencia nos encuentran superficiales y banales. Asimismo, como resultado de nuestra educación orientada a un entrenamiento muy limitado, el vocabulario del físico promedio es muy pobre y sus capacidades para relacionar su trabajo y sus hallazgos con su entorno social es cada vez más precario.

El entrenamiento en filosofía,  su lenguaje y contexto, nos provee de herramientas para defender nuestras ideas frente a los filósofos y sociólogos de la ciencia. El mismo Weinberg ha logrado responder con mucho éxito a muchas de las cuestiones equivocadamente planteadas desde la filosofía de la ciencia. Un ejemplo concreto lo podemos leer ensayo La Revolución que Nunca Ocurrió en respuesta al libro La Estructura de las Revoluciones Científicas de Thomas Kuhn,  pero para Weinberg poder responder ha tenido que estudiar primero sobre filosofía e historia de la física.

Y, desde luego, no solamente es relevante para defender nuestras ideas sino para comprenderlas más allá de la práctica y los métodos. No podemos entender qué clase de conocimiento estamos produciendo o evaluar nuestras conclusiones sin la discusión filosófica. Los científicos sí tenemos posturas filosóficas, aunque muchos pasan su vida productiva considerando esta cuestión irrelevante. En oportunidades he escuchado científicos declararse frecuentistas o bayesianos en el uso de las estadísticas, como si se tratara de una preferencia estética, sin darse cuenta de que la elección tiene consecuencias profundamente epistemológicas.  

Por otro lado, es importante en la observación sobre las diferencias metodológicas y gnoseológicas en las diferentes disciplinas científicas: ¿en qué son diferentes la química, la biología, la geología, la ecología y la física? ¿Son solo distintas en el aspecto metodológico o en el objeto de estudio?

Hay un cisma incomprensible y perjudicial entre quienes pretenden saber qué significa crear conocimiento y los que de hecho lo crean. Pero no nos equivoquemos y que nuestra arrogancia injustificada no nos ciegue: aquellos, los filósofos, están parados sobre hombros de gigantes y los conocimientos que manejan no son de ninguna manera espurios. Suponer a la ciencia en la cima de todo olvidando que existen muchos otros valores humanos, y que ningún ramal del conocimiento puede sustentarse aisladamente, deteriora la práctica científica a la larga más de lo que sospechamos.

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María Eugenia Esté

12/10/2017

Ilustración de Ada Peña

Ilustración de Ada Peña

Cuenta la leyenda que Newton solía sentarse bajo la sombra de un manzano en el jardín de su casa materna en Lincolnshire para contemplar el paisaje y reflexionar. En una de esas ocasiones, una manzana cayó sobre su cabeza a lo cual, en un instante de genial intuición, el joven Newton reaccionó descubriendo la Ley de la Gravitación Universal.

La anécdota de la manzana de Newton es quizá el ejemplo más famoso del uso de la narración (storytelling) en la comunicación pública de la ciencia. Este relato ha servido, según las necesidades de incontables autores, para introducir la explicación de la ley de la gravedad, justificar el genio creativo del científico o la intuición en el proceso creativo a secas, o para explicar el papel de la casualidad y los accidentes en el resultado de una investigación científica.

Sin embargo, la historia no es del todo cierta. Según relata William Stukeley, el asunto de la manzana fue mencionado por el mismo Newton cuando juntos caminaban por los jardines de su residencia en Kensington, y bebiendo té bajo la sombra de un manzano, éste contó que la noción de la gravitación se le había ocurrido al observar la caída perpendicular de la fruta.

No hubo nunca golpe en la cabeza. Y al parecer fue Voltaire el primero en difundir este detalle tan sugestivo que vincula la imagen de un golpe en la cabeza con la idea de un golpe creativo de la imaginación o de la intuición, a partir del cual el científico se plantea las preguntas claves y las presunciones de su investigación.

¿Por qué la fruta no cae de manera oblicua o se desplaza hacia arriba? ¿Por qué se mueve constantemente hacia el centro de la Tierra? ¿Será que la Tierra la atrae hacia sí? Debe existir un poder de atracción en la materia y la suma de este poder se encuentra en el centro de la tierra, de manera que esta manzana cae perpendicularmente hacia el centro de la tierra, materia que atrae así a la materia, en proporción a su cantidad. En consecuencia, la manzana atrae a la Tierra y viceversa.

He aquí el hilo del razonamiento que siguió Newton tal y como lo cuenta William Stukeley, a la sazón arqueólogo y colaborador de Edmund Halley, en sus Memorias de la Vida de Isaac Newton que han sido felizmente puestas a disposición de todo el mundo en el sitio de la Royal Society of London.

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Las páginas de los libros de historia de la ciencia están llenas de narraciones coloridas como la de la manzana: el descuido del asistente de Louis Pasteur que permitió reconocer y aislar la cepa débil, la vacuna, de la bacteria causante del cólera del pollo (Pasteurella multocida); la cadena de casualidades que condujo a Alexander Fleming al descubrimiento de la penicilina; el elefante electrocutado de Thomas Alba Edison y la guerra de la corriente directa y alterna que lo enfrentó a Nikola Tesla; la fotografía de la Tierra, ese punto azul pálido, tomada por la sonda Voyager I que dio pie al maravilloso texto de Carl Sagan sobre el futuro de la especie humana en el espacio; el reiterado fallo en los ensayos clínicos de citrato de sildenafilo como tratamiento de la angina de pecho que condujo más bien a la producción del Viagra para tratar la disfunción eréctil.

Más recientemente, a partir de la década del 60, las investigaciones sobre los estudios sociales de la ciencia, un campo multidisciplinar que reúne a científicos, antropólogos y filósofos de la ciencia y la tecnología entre otros, echan mano de narraciones de carácter etnográfico sobre la manera como se llevan a cabo las investigaciones científicas y los desarrollos tecnológicos dentro de los laboratorios, pero en el contexto social.

El objetivo general de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología es poner en evidencia que las investigaciones científicas y el desarrollo de tecnologías no son prácticas que se efectúan al margen de los valores, intereses y conflictos sociales, políticos y culturales de la sociedad.

Aparecen entonces las historias de científicos y tecnólogos que nos cuentan el proceso de producción del conocimiento científico desde el momento en que los investigadores se plantean un problema o los tecnólogos desarrollan una aplicación (o un artefacto), incluidos los avatares políticos, sociales y epistemológicos de la investigación, hasta que se publican los resultados de su trabajo y sus efectos sobre la sociedad.

Por ejemplo, en 1991, el polémico antropólogo francés Bruno Latour viajó a Brasil para estudiar a un grupo de investigadores brasileños y franceses que investigaba los cambios de ecosistema en una zona de Boa Vista limítrofe con la selva tropical del Amazonas.

En lugar de levantar un reporte sobre los objetivos y protocolos de la investigación, su modelo teórico, las conclusiones, la publicación y el impacto editorial de la misma, Latour se involucró directamente en la exploración en el campo de trabajo para dar cuenta del laboratorio en acción, narrando las conversaciones del grupo de investigadores, las distintas maneras de evaluar la pertinencia de la investigación, sus diferentes perspectivas en virtud de las disciplinas a las que pertenecía cada uno de los participantes, los obstáculos para conseguir recursos, los constreñimientos o las ventajas de los instrumentos de trabajo.  El resultado se parece más a una crónica periodística que a un reporte científico. En su libro La esperanza de pandora Latour explica :

Con la ayuda de mi cámara, procuraré poner algún tipo de orden en la jungla de la práctica científica.

Figura 2.1, libro de La esperanza de pandora, Bruno Latour.

Figura 2.1, libro de La esperanza de pandora, Bruno Latour.

A la izquierda de la figura 2.1 hay una amplia sabana. A la derecha, comienzan abruptamente los confines de una densa selva. Un lado es seco y está vacío, el otro es húmedo y bullente de vida, y aunque pudiera parecer que los creadores de este límite hayan sido los pobladores locales, nadie ha cultivado jamás estas tierras y ningún artificio ha trazado esta frontera, que se extiende a lo largo de cientos de kilómetros. Aunque la sabana sirve como pastizal para el ganado de algunos terratenientes, este lindero es el borde natural de la selva, no una divisoria establecida por mano humana.

 

(…)

¿De qué están hablando a tan temprana hora de esta mañana de octubre de 1991, tras haber conducido el jeep por pésimas carreteras hasta llegar a este lugar agreste que, desde hace ya muchos años, Edileusa ha dividido en secciones en las que ha ido observando las pautas de crecimiento de los árboles y la sociología y demografía de las plantas? Hablan del suelo y de la selva. Y precisamente por pertenecer a dos disciplinas muy diferentes, hablan de ambas cosas de muy distinta manera.

(…)

…nuestros amigos se enfrentan a un interesante conflicto cognitivo y disciplinar. Era fácil justificar una expedición para resolverlo in situ. El mundo entero está interesado en la selva del Amazonas. Las noticias que indican que el bosque de Boa Vista, en los límites de una densa zona tropical, avanza o retrocede, son de hecho interesantes para los hombres de negocios. Igualmente fácil ha sido justificar la mezcla del saber práctico de la botánica con el de la edafología en una misma expedición, pese a que esa combinación sea inhabitual.

(…)

Entre la arenosa sabana y la arcillosa selva, da la impresión de que una faja de terreno de unos veinte metros de anchura se asoma al lindero, del lado de la sabana. Esta banda de tierra es ambigua, más arcillosa que la sabana, pero menos de lo que debería en la jungla. Es como si la selva lanzara como una avanzadilla su propio suelo con el fin de crear condiciones favorables a su expansión. A menos que sea lo contrario, es decir, que la sabana esté degradando el mantillo del bosque como una forma de preparar su invasión de la selva. Ahora, de noche, en el restaurante, y gracias al peso de la evidencia, es posible calibrar la verosimilitud de los distintos escenarios sobre los que mis amigos discuten. Todos ellos se convierten en interpretaciones posibles de hechos que están sólidamente afianzados en la rejilla del edafocomparador.

(…)

¿Qué es lo que produce la banda de suelo arcilloso en la sabana, junto al lindero de la jungla? Desde luego, no la jungla misma, dado que esta banda se extiende veinte metros más allá de la sombra protectora y la nutritiva humedad de los árboles. Tampoco la sabana, de hecho, dado que, recordémoslo, siempre convierte la arcilla en arena ¿Cuál es la acción misteriosa y a distancia que prepara el suelo para acoger a la selva y asciende la pendiente termodinámica que continúa degradando la arcilla? ¿Y si las responsables fueran las lombrices? ¿Podrían ser ellas los agentes catalizadores de la edafogénesis?

 

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Los estudios sociales de la ciencia se transformaron en un campo fértil de investigación y discusión que puso al día las tradicionales disputas de la teoría del conocimiento alrededor de la objetividad y los valores de la ciencia. Pero adicional y fundamentalmente, se enfocaron en la tarea de contextualizar las prácticas de investigación científica, sus relaciones armónicas o conflictivas con la sociedad, vale decir, con el dinero, la producción y los mercados, con la política, el poder y las instituciones del Estado, con los ciudadanos y las prácticas no científicas.   

Como resultado, los estudios sociales de la ciencia generaron una diversidad de historias sobre las maneras de producir el conocimiento científico y tecnológico, sus instrumentos de trabajo, sus maneras de agrupar y excluir a los profesionales de la ciencia y a lo no científicos, sus impactos sobre la vida trascendental o menuda de la gente. Una visión menos unidimensional de la ciencia y las investigaciones científicas que ha facilitado también esta aproximación a la crónica, al storytelling, al uso de la narrativa para contar qué hacen los científicos, cómo y por qué lo hacen y qué efectos tiene sobre las sociedades.

En consecuencia, habría que admitir que la ciencia es también un quehacer cultural, vale decir, una actividad que produce signos y significados que tienen una impronta en la visión que la gente tiene de sí misma, del lugar donde vive y trabaja, de lo que consume y produce, de su presente y de la manera cómo imagina su futuro.  En fin, la ciencia y la tecnología forman parte de nuestra construcción cultural y nutren nuestro imaginario, la manera como nos relacionamos y comunicamos entre nosotros y con las cosas que nos rodean.

Frankenfood

Frankenfood

Por ejemplo, la narrativa instalada en la opinión pública hace 25 años bajo el título de Frankenfood  continúa afectando negativamente el imaginario y el debate de la biogenética y la producción de alimentos genéticamente modificados. En esa época, la biogenética era una disciplina oscura y mal comprendida que no desarrolló los esfuerzos adecuados para contestar los temores y las inquietudes de las audiencias no científicas. Al día de hoy, a pesar de que existe una abrumadora cantidad de información y consenso científico de que los GMOs (Genetically Modified Organisms) no afectan la salud y que sus impactos ambientales debe revisarse de manera casuística,  la polémica continúa encarnada, alimentando el fanatismo de los menos y las dudas de la mayoría.

 

 

 

Contar historias da sentido a los patrones que encontramos en nuestro entorno, funciona como un mecanismo evolutivo que nos permite transmitir a otros lo que aprendimos por la experiencia y es una forma de mantener el sentido de grupo porque nos ayuda a compartir emociones, ideas y valores.

 

Ilustración de María Eugenia Esté

Ilustración de María Eugenia Esté

 

Interrogado sobre la posibilidad del desarrollo de la inteligencia artificial, el famoso científico social e investigador de la cibernética Gregory Bateson respondió que una clara indicación de que estaríamos a punto de lograr vencer la diferencia entre la máquina y lo humano sería que, a una pregunta cerrada, la computadora empezara diciendo «eso me recuerda una historia…», en lugar de  contestar sí o no.

Es evidente que  la literatura, el teatro, el cine y las series de televisión son manifestaciones de este imperativo evolutivo que se refleja en nuestra fascinación por las historias. Pero también el deporte, que narra no sólo la acción del deportista  sino, sobre todo, las historias de superación de las limitaciones, la trama de conflictos contra los adversarios en la competencia, la amistad y la fidelidad al equipo, el suspenso hasta la victoria o la derrota. Por eso, la vida de los deportistas, dentro o fuera de la cancha, es tan atractiva y tiene tanta fuerza inspiradora entre tantas audiencias diferentes.

 


Messi

Messi


Nadia Comanecci

Nadia Comanecci

Las estrategias de storytelling son hoy tendencia dominante en la construcción de marcas, el mercadeo y la publicidad que dicen poco sobre el funcionamiento de un automóvil, las virtudes de un detergente o el sabor de una gaseosa. En cambio, nos relatan historias de padres felices que llevan a sus hijos a la escuela para hacer amigos y enfrentar sus temores, de conflictos de pareja que se evitan cuando la ropa queda olorosa y limpia, de romances que surgen en sitios remotos del planeta al calor de un sabor compartido.

Las marcas se definen por la experiencia que se proponen transmitir al usuario: el lujo, la originalidad, la solidaridad, la confianza, el sentido de pertenencia a cierto grupo o de libertad y autodeterminación, la posibilidad de hacer amigos, de inspirar o servir como ejemplo de superación.

Asimismo, la gerencia contemporánea se alinea con esta tendencia alentando la evaluación del entorno empresarial a través del intercambio de experiencias particulares entre los empleados, o de la recepción de anécdotas de los usuarios.  Y la cultura de innovación empresarial encuentra en el storytelling un modo de aprovechar el saber tácito que circula en estado volátil  ante las máquinas de café, en el comedor, los corredores y los ascensores de la oficina.

¿Qué ventajas tiene para la comunicación pública de la ciencia una estrategia basada en la construcción de narrativas y relatos?

Volvamos a insistir, un relato es, sin duda alguna, un discurso que produce conexiones cuyo poder reside en la capacidad de capturar experiencias complejas de manera relativamente sencilla, combinando argumentos, sentimientos, emociones e imágenes.

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie sostiene que contar historias significa abrir nuevos mundos a los ojos de la gente, pero advierte sobre la perspectiva plana o simplista que nos da una historia cuando se reducen a través de ella, los matices de una vida o situación complejas. Los críticos del uso del storytelling en la comunicación pública de la ciencia suelen decir que los relatos crean una percepción de la ciencia más cercana a la magia (o la ficción) que a la dura, disciplinada y sistemática tarea de los investigadores, porque se centran en un estilo retórico basado en las emociones y los sentimientos, en el propósito de seducir al receptor del mensaje.

 

Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana.

Chimamanda Ngozi Adichie, escritora nigeriana.

 

A la famosa historia de la manzana cabría agregarle la anécdota que refiere la respuesta de Newton cuando, siendo ya viejo y famoso, alguien preguntó cómo había descubierto la Ley de la Gravitación Universal: “pensando constantemente sobre el tema”, dijo.  

Contar historias con un estilo conversacional y atractivo no está reñido con el objetivo de que los relatos sean capaces de mostrar varias voces, varios puntos de vista.

Los investigadores deberían estar interesados en contar la historia de lo que hacen sobre la base de sus preguntas, fortalezas y propósitos, y en términos que promuevan el diálogo con los no científicos. Ha sido también Bruno Latour quien ha afirmado que la investigación científica será tanto más precisa, verificable y efectiva en cuanto más conectada esté con el resto de la sociedad. Esta trama puede conectarse con las historias y percepciones que la gente tiene de las investigaciones científicas y cómo creen ellos que afectan sus vidas. Los relatos facilitan la exposición de todo aquello que afecta la práctica científica: quiénes y cómo la financian, cuáles decisiones políticas las regulan, las obstaculizan o las hacen viables, cómo superan los científicos los retos de la investigación fuera y dentro del laboratorio.

Contar historias, en fin, buenas historias, es uno de los mejores recursos con los que cuenta un comunicador de la ciencia para empezar a establecer un diálogo respetuoso, y posiblemente eficiente, con los no científicos.  No en vano, la manzana de Newton, con todo y sus inexactitudes, sigue dando tantos frutos.

 

Para saber más:

  1. Gottsahll, J. (2013), The Sotrytelling Animal. How Stories Make Us Human. New York: Mariner Books.
  2. Latour, B. (2001), La esperanza de Pandora. Ensayos sobre la realidad de los estudios de la ciencia. Barcelona: Editorial Gedisa.
  3. Volpi, J. (2011), Leer la mente. El cerebro y el arte de ficción. México: Alfaguara.

 

 

LA DIVULGACIÓN DE LA CIENCIA PARA AMÉRICA LATINA

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Víctor R. Hernández Marroquín y María Eugenia Esté

24/8/2017

Ilustración de Ada Peña. 

Ilustración de Ada Peña

Exponer las dificultades de un proyecto entraña riesgos y dilemas. Significa en primer término, encarar con serenidad y realismo la proyección del largo y quizá tortuoso camino que hay que andar para alcanzar las metas con relativo éxito. Implica, además, la revisión exhaustiva de los errores y aciertos de otros, no sólo para evitar y aprender de lo que ellos han hecho, sino también para encontrar el nicho y el aspecto diferencial de la propuesta.

El reto de la comunicación pública de la ciencia comporta no sólo el cuidado de la credibilidad y las fuentes, como es de rigor en todo proyecto de comunicación pública y periodismo, sino además el diseño de contenidos – verbales, visuales, auditivos, etc. – que articulen la complejidad de los lenguajes y la retórica de las disciplinas científicas con experiencias significativas para las audiencias no científicas, que dicho sea de paso, están por construirse.

La comunicación de la ciencia y la tecnología para públicos no científicos tiene una larga tradición en países anglosajones. En América Latina, sin embargo, es una empresa de reciente data que ha surgido por el esfuerzo combinado de científicos individuales – empeñados con relativa visión de futuro en crear gabinetes de prensa en sus centros de investigación – y medios de comunicación que, siguiendo tendencias globales, abrieron espacios marginales a las noticias científicas, sobre todo aquellas que daban cuenta de avances tecnológicos a la moda o relacionadas con la salud y el bienestar.

El periodismo científico en América Latina ha seguido las tendencias que acusan los medios masivos en todas partes del mundo, reduciendo el espacio que se le otorga a la noticia y el reportaje científico que en nuestra prensa regional ha servido fundamentalmente para destacar la llamada ciencia universal. En todo caso, el proceso ha servido para desarrollar la profesionalización del periodista científico, consciente, hoy como nunca, de la importancia que tiene para la región la promoción disciplinada y sistemática de la cultura científica.

Ahora bien, los esfuerzos para incrementar la cultura científica y la importancia que se le otorga a la comunicación pública de la ciencia y la tecnología dependen del desarrollo y el impacto tanto económico como cultural de la investigación científica y la innovación. Según estadísticas del Banco Mundial, la inversión en ciencia y tecnología alcanza el 4.5% del PIB en países como Israel, Corea del Sur y Estados Unidos, mientras que en la región latinoamericana apenas llega al 1 % en Brasil y 0.09 % en Paraguay, para un promedio que a duras penas roza el 0.5 % del PBI en el año 2014.

Sin embargo, el conocimiento científico-tecnológico juega un papel altamente significativo en la vida diaria de las personas en todo el mundo, sea que ello lleve aparejada una apropiación consciente e informada o no. Y esto es así en nuestros países de América Latina donde incluso la impronta de la cultura mágico-religiosa y los regímenes de autoridad, nos atrevemos a decir, obstaculizan el ejercicio público del debate argumental y verificable que es tan caro al razonamiento científico.

De manera que la tarea por delante nos compromete tanto a crear la audiencia gustosa, curiosa y atenta que promueva con su interacción la conversación sobre la ciencia que se produce en América Latina, como a diseñar los mecanismos para conectar los referentes culturales de nuestra región con la cultura de la investigación científica, los impactos tecnológicos y la innovación.

Estimulados por la idea de que la cultura latinoamericana es extraordinariamente rica y vasta, estamos convencidos de que tenemos puntos de apoyo para crear los puentes con la cultura científica a partir de la experiencia de investigación que se hace en la región y sus vínculos con la ciencia global. Queremos redescubir el continente bajo la lente de la ciencia y la referencia a nuestros científicos e innovadores.

En Persea nos ha abrumado la respuesta positiva del público en las redes sociales, por lo cual estamos enormemente agradecidos y contentos. Sabemos que ese respaldo es un compromiso. Y sabemos que, en nuestra casa, es una responsabilidad aún mayor.

Para saber más:

Gasto en investigación y desarrollo (% del PIB)

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Andrade, M. (2016), Latinoamérica invierte menos del 1 por ciento del PIB en investigación y desarrollo. En: http://ift.tt/2vrQfhW