La Anécdota del Smartphone – Barómetro

Publicado en fisicamartin
Léelo completo en su sitio http://bit.ly/2FfQYcB

Hace unos días tomábamos un examen oral de física y en cierto momento le preguntamos al estudiante, cómo se podría determinar la altura de un edificio alto con la ayuda de un smartphone o teléfono inteligente, en particular si este cuenta con un sensor de presión o barómetro.
El estudiante respondió: “Llevo el teléfono a la azotea del edificio, le ato una cuerda larga, lo bajo hasta la calle y finalmente mido la longitud de la cuerda. Esa es la altura del edificio.”
Los tres profesores coincidimos en que el estudiante había contestado a la pregunta correctamente. Pero si le asignábamos una buena nota estaríamos certificando competencia en física, pero la respuesta dada no se correspondía con esto. Decidimos entonces darle al estudiante otra oportunidad para contestar a la pregunta.
Le dimos al estudiante seis minutos para responder a la pregunta con la advertencia de que la respuesta debía mostrar su conocimiento de la física. Al cabo de cinco minutos, no había comentado nada. Le preguntamos si se daba por vencido, pero contesto que no. Tenía muchas respuestas al problema; estaba buscando la mejor. Al minuto siguiente dio rápidamente su respuesta que fue la siguiente:
“Llevo el teléfono a la azotea del edificio. Dejo caer una piedra y mido el tiempo de caída con la app cronómetro del teléfono. Luego, usando la fórmula h = g/2 t^2, calculo la altura del edificio.”
Le hicimos notar al estudiante que su respuesta estaba bien pero que en la misma no estaba haciendo uso del barómetro del teléfono. A lo que nos respondió, “Sí, es que este método que di es más universal, pues todos los smartphones tienen cronómetro, pero solo unos pocos tienen barómetro.”
En este momento nos preguntamos entre los colegas si nos dábamos por vencidos. Estuvimos de acuerdo y le dimos al estudiante la máxima nota.
Terminado el examen recordé que el estudiante había dicho que tenía muchas otras respuestas al problema, así que le pregunté cuáles eran. “Oh, sí,” dijo el estudiante. “Hay muchas maneras de determinar la altura de un edificio alto con un smartphone. Por ejemplo, en un día soleado pongo el teléfono vertical y mido la altura del teléfono, la longitud de su sombra y la longitud de la sombra del edificio; luego usando una simple proporción, determino la altura del edificio.”
“Una variante de este método consiste en pararse en la calle frente al edificio, medir la distancia al edificio, dirigir la cámara del teléfono hacia la azotea del edificio y medir el ángulo con alguna app que tenga inclinómetro. Así con un poco de trigonometría es fácil determinar la altura del edificio.”
“Excelente,“ le respondí. “¿Y las otras?”
“Sí,“ dijo el estudiante. “Hay un método muy simple que le gustará. En este método se toma el teléfono y se comienza a subir las escaleras. A medida que se van subiendo las escaleras, se marca la longitud del teléfono a lo largo de la pared. Luego se cuenta el número de marcas, se multiplica por el largo del teléfono y con eso se obtiene la altura del edificio. Un método muy directo.”
“Desde luego, si quiere usted un método más sofisticado, puede atar el teléfono al final de una cuerda corta, balancearlo como un péndulo y con una app medir la frecuencia de oscilación; con esa frecuencia se determina el valor de ‘g’ a nivel del suelo y de forma similar se puede determinar el valor de ‘g’ en la azotea del edificio. De la diferencia entre los dos valores de ‘g’ se puede calcular la altura del edificio.”
“Por otra parte, si no quiere hacer muchos cálculos puede simplemente usar el GPS del teléfono para determinar la altura de la calle, luego la altura de la azotea y hacer la resta para obtener la altura del edificio.”
Finalmente, concluyó, “hay muchas otras formas de resolver el problema. Probablemente la mejor,” dijo, “si es que se trata de un edificio destacado, sea usar el navegador de internet del teléfono para buscar su altura. Se asombraría de ver la cantidad de información que hay. Es muy simple y no tiene que hacer ninguna medida ni subir hasta la azotea.”
En este momento le pregunté al estudiante si conocía la respuesta convencional a la pregunta utilizando específicamente el barómetro, el sensor de presión del smartphone. Admitió que sí, pero que estaba harto de la forma rígida y poco crítica en que los profesores del instituto trataban de enseñarle.
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Angels on a Pin (101 Ways to Use a Smartphone’s Barometer)
Alexander Calandra in the 21st Century.
A few days ago we took an oral test on physics and at a certain point we asked the student how it is possible to determine the height of a tall building with the aid of a smartphone, especially if it has a pressure sensor or barometer.
The student replied: “Take the phone to the top of the building, attach a long rope to it, lower the phone to the street and then bring it up, measuring the length of the rope. The length of the rope is the height of the building. “
We agreed that the student had answered correctly. But if full credit was given, it could well contribute to a high grade for the student in his physics course. A high grade is supposed to certify competence in physics, but the answer did not confirm this. We decided then to give the student another opportunity to answer the question.
We gave the student six minutes to answer the question with the warning that the answer should show some knowledge of physics. At the end of five minutes, he had not said anything. I asked if he wished to give up, but he said no. He had many answers to this problem; he was just thinking of the best one. I excused myself for interrupting him and asked him to please go on. In the next minute he quickly gave his answer, which was as follows:
“Take the phone to the top of the building and lean over the edge of the roof. Drop a stone, timing its fall with the smartphone’s stopwatch app. Then using the formula h = g/2 t^2, calculate the height of the building.”
We pointed out that his answer was fine but that he was not using the smartphone’s barometer. To which he replied, “That’s because my method is more universal, since all smartphones have a stopwatch, but only a few have a barometer.”
At this point I asked my colleagues if we would give up. We agreed and and we gave the student almost full credit.
In leaving the room, I recalled that the student had said he had many other answers to the problem, so I asked him what they were. “Oh yes,” said the student. “There are a great many ways of getting the height of a tall building with a smartphone. For example, you could take the smartphone out on a sunny day and measure the height of the phone and the length of its shadow, and the length of the shadow of the building and by the use of a simple proportion, determine the height of the building.”
“A variant of this method is to stand on the street in front of the building, measure the distance to the building, direct the camera to the top of the building and measure the angle with an app that has an inclinometer. That way, with a simple trigonometric equation is easy to determine the height of the building.”
“Fine,” I asked. “And the others?”
“Yes,” said the student. “There is a very basic measurement method that you will like. In this method you take the smartphone and begin to walk up the stairs. As you climb the stairs, you mark off the length of the smartphone along the wall. You then count the number of marks, and this will give you the height of the building in smartphone units. A very direct method.”
“Of course, if you want a more sophisticated method, you can tie the smartphone to the end of a string, and swing it as a pendulum measuring the oscillation frequency with an app. That way determine the value of ‘g’ at the street level and at the top of the building. From the difference of the two values of ‘g’ the height of the building can be calculated.”
“On the other hand, if you do not want to do many calculations you can simply use the smartphone’s GPS to determine the height of the street, then the height of the top of the building and from the subtraction get the height of the building.”
Finally, he concluded, “there are many other ways of solving the problem. “Probably the best,” he said, “if it is a prominent building, is to use the smartphone’s Internet browser to find its height. It’s very simple and you do not have to take any action or climb up to the top.”
At this point I asked the student if he really did know the conventional answer to this question, using specifically the smartphone’s barometer. He admitted that he did, said that he was fed up with high school and college instructors trying to teach him how to think, using the “scientific method,” and to explore the deep inner logic of the subject in a pedantic way, as is often done in the new mathematics, rather than teaching him the structure of the subject. With this in mind, he decided to revive scholasticism as an academic lark to challenge the Sputnik-panicked classrooms of America.

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La anterior es mi versión de la conocida anécdota del barómetro, del profesor Alexander Calandra, que a partir de este momento se suma a las diversas variantes que ya existen de la misma. Más abajo incluyo el texto original de Calandra, así como una reseña biográfica.
Pero bien. ¿Cómo se puede determinar la altura de un edificio usando el barómetro de un smartphone? En este artículo, “Midiendo con smartphones la velocidad de los ascensores de los rascacielos de Manhattan,” cuento cómo hacerlo.

También en este artículo de Physics Education, junto con Arturo Martí: “Using smartphone pressure sensors to measure vertical velocities of elevators, stairways, and drones.”

Más sobre física con smartphones, aquí y aquí.
More about smartphone physics: publications.

En este video mostramos cómo aumenta la presión mientras el ascensor desciende. Registro que realizamos con Arturo Martí en uno de los ascensores panorámicos del Atlanta Marriott Marquis (durante el AAPT Winter Meeting, 18 de febrero de 2017).
La “anécdota del barómetro” es conocida desde hace varias décadas y con el tiempo se fue transformado en un clásico de la enseñanza de la física, con varias adaptaciones y versiones. Ya en los comienzos de la era de internet circuló en varias cadenas de mails en su versión más popular, aquella en la que falsamente se atribuían los roles protagónicos a Ernest Rutherford y Niels Bohr, dos célebres físicos ganadores del premio Nobel. Se puede seguir un historial de las diferentes variantes de este relato en Snopes, el sitio dedicado a las leyendas urbanas que circulan por la red de redes.
La anécdota original del barómetro, (al menos la más antigua de la que se tiene registro) pertenece al profesor estadounidense Alexander Calandra, quien la publicó bajo el título, “Angels on a Pin,” en la revista Saturday Review, el 21 de diciembre de 1968. Tal como establece en el crédito de la revista, el texto fue extraído del libro de Calandra “The Teaching of Elementary Science and Mathematics.”
Alexander Calandra (New York, 12 de enero de 1911 – 8 de marzo de 2006), fue un profesor de física, estudiante de Enrico Fermi, colaborador de Arthur Compton y ganador, en 1979, del prestigioso premio Robert A. Millikan de la American Association of Physics Teachers.
El relato de Calandra motivó diferentes reflexiones y críticas sobre el sistema educativo, tal cual era la intención del autor. Reflexionar en torno a la evaluación, la libertad para pensar en forma creativa, el pensamiento crítico, etc. No es de extrañar que las versiones que mencionaban a Rutherford y Bohr recibieron mucha más atención y fueron compartidas muchas más veces que la versión original. Lo que sí resulta curioso es que en ese caso el interés por la anécdota parecía apoyarse más en los míticos personajes que en la potencia de la reflexión planteada, aun cuando fuera en forma de ficción. Es más, muchos lectores perdían interés en la anécdota cuando se enteraban que no tenía relación histórica alguna con Bohr ni con Rutherford. Es algo que ocurre bastante a menudo, que se valoren más los personajes que las ideas. A veces parece que importa más el autor de una frase que la frase en sí misma. Y cuando se trata de ciencia, esta mentalidad es más preocupante todavía, porque la veracidad de una afirmación sobre el mundo físico es independiente de quien la enuncia.
Texto original de la anécdota del barómetro, de Alexander Calandra, “ANGELS ON A PIN” (“ÁNGELES EN LA CABEZA DE UN ALFILER”), publicado en Saturday Review, el 21 de diciembre de 1968:
1) Escaneo de la revista Saturday Review.
2) Traducción al español.
3) Texto original en inglés.
Reseña biográfica sobre Alexander Calandra, escrita por Albert A. Bartlett, con motivo del premio Millikan de la AAPT, publicado en The Physics Teacher en noviembre de 1979: “Millikan award for 1979,” The Physics Teacher 17, 498 (1979):
4) Escaneo de la revista The Physics Teacher.
5) Traducción al español.
6) Texto original de Bartlett, de inglés.
1) Escaneo de la revista original.
Alexander Calandra.
“ANGELS ON A PIN.”
Saturday Review, el 21 de diciembre de 1968.
2) “ÁNGELES EN LA CABEZA DE UN ALFILER.”
Alexander Calandra.
Saturday Review, 21 de diciembre de 1968.
Hace algún tiempo recibí una llamada de un colega que me pidió si podría arbitrar en la calificación de una pregunta de examen. Iba a dar un cero a un estudiante por su respuesta a una pregunta de física, mientras que el estudiante afirmaba que debería recibir la máxima nota y así se haría si el sistema no se hubiera organizado en contra de los estudiantes: El profesor y el estudiante acordaron acudir a un árbitro imparcial, y me eligieron a mi.
Acudí al despacho de mi colega y leí la pregunta del examen: “Demuestra cómo se puede determinar la altura de un edificio alto con la ayuda de un barómetro.”
El estudiante había contestado: “ Lleva un barómetro a lo alto del edificio, átale una cuerda larga, haz que el barómetro baje hasta la calle. Mide la longitud de cuerda necesaria. La longitud de la cuerda es la altura del edificio.”
Hice notar que el estudiante realmente tenía derecho a una buena nota ya que había contestado a la pregunta correctamente. Por otra parte, si se le asignaba una buena nota contribuiría a que recibiese una buena calificación en su curso de física. Se supone que una buena calificación certifica competencia en física, pero la respuesta dada no se correspondía con esto. Sugerí entonces que se le diera al estudiante otra oportunidad para contestar a la pregunta. No me sorprendió que mi colega estuviese de acuerdo, sin embargo sí lo hizo el que el alumno también lo estuviera.
Le di al estudiante seis minutos para responder a la pregunta con la advertencia de que la respuesta debía mostrar su conocimiento de la física. Al cabo de cinco minutos, no había escrito nada. Le pregunte si se daba por vencido, pero me contesto que no. Tenía muchas respuestas al problema; estaba buscando la mejor. Al minuto siguiente escribió corriendo su respuesta que decía lo siguiente:
“Lleva el barómetro a lo alto del edificio y asómate sobre el borde del tejado. Deja caer el barómetro, midiendo el tiempo de caída con un cronómetro. Luego usando la fórmula S=1/2 at^2, calcula la altura del edificio.”
En este momento le pregunté a mi colega si se daba por vencido. Estuvo de acuerdo y le dio al estudiante la máxima nota.
Al salir del despacho de mi colega recordé que el estudiante había dicho que tenía otras muchas respuestas al problema, así que le pregunté cuáles eran. “Oh, sí, ” dijo el estudiante. “Hay muchas maneras de determinar la altura de un edificio alto con un barómetro. Por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro, la longitud de su sombra, y la longitud de la sombra del edificio; luego usando una simple proporción, determinas la altura del edificio.”
“Excelente, “ le respondí. “¿Y las otras?”
“Sí, “ dijo el estudiante. “Hay un método muy simple que le gustará. En este método se toma el barómetro y se comienza a subir las escaleras. A medida que se van subiendo las escaleras, se marca la longitud del barómetro a lo largo de la pared. Luego se cuenta el número de marcas y esto dará la altura del edificio en unidades barómetro. Un método muy directo.”
“Desde luego, si quiere un método más sofisticado, puede atar el barómetro al final de una cuerda, balancearlo como un péndulo; con él determina el valor de ‘g’ a nivel del suelo y en la parte superior del edificio. De la diferencia entre los dos valores de ‘g’ se puede calcular la altura del edificio.”
Finalmente, concluyó, “hay muchas otras formas de resolver el problema. Probablemente la mejor,” dijo, “es llamar en la portería. Cuando abra el portero, le dices lo siguiente: “Sr. portero, aquí tengo un barómetro excelente. Se lo daré, si me dice la altura de este edificio.”
En este momento le pregunté al estudiante si conocía la respuesta convencional a la pregunta. Reconoció que sí, dijo que estaba harto de que los profesores del instituto y de la facultad trataran de enseñarle cómo tenía que pensar, usando el “método científico,” y a explorar la lógica profunda de la materia de una manera pedante, como se hace a menudo en matemáticas, en lugar de enseñarle la estructura de la materia. Teniendo esto presente, decidió recuperar el escolasticismo como un asunto académico para desafiar las atemorizadas aulas de América.
Alexander Calandra es miembro del departamento de física de la Washington University, St. Louis, Missouri. Este artículo es parte de su libro, The Teaching of Elementary Science and Mathematics (La enseñanza de las ciencias y las matemáticas elementales), a ser publicado el 1 de mayo de 1969, por ACCE Reporter, 829 Woodruff Drive, Ballwin, Missouri 63011.
 
3) ANGELS ON A PIN
Alexander Calandra.
Saturday Review, 21 de diciembre de 1968.
Some time ago I received a call from a colleague who asked if I would be the referee on the grading of an examination question. He was about to give a student a zero for his answer to a physics question, while the student claimed he should receive a perfect score and would if the
system were not set up against the student: The instructor and the student agreed to submit this to an impartial arbiter, and I was selected.
I went to my colleague’s office and read the examination question: “Show how it is possible to determine the height of a tall building with the aid of a barometer.”
The student had answered: “Take a barometer to the top of the building, attach a long rope to it, lower the barometer to the street and then bring it up, measuring the length of the rope. The length of the rope is the height of the building.”
I pointed out that the student really had a strong case for full credit since he had answered the question completely and correctly. On the other hand, if full credit was given, it could well contribute to a high grade for the student in his physics course. A high grade is supposed to certify competence in physics, but the answer did not confirm this. I suggested that the student have another try at answering the question I was not surprised that my colleague agreed, but I was surprised that the student did.
I gave the student six minutes to answer the question with the warning that the answer should show some knowledge of physics. At the end of five minutes, he had not written anything. I asked if he wished to give up, but he said no. He had many answers to this problem; he was just thinking of the best one. I excused myself for interrupting him and asked him to please go on. In the next minute he dashed off his answer which read:
“Take the barometer to the top of the building and lean over the edge of the roof. Drop that barometer, timing its fall with a stopwatch. Then using the formula S = œat², calculate the height of the building.
At this point I asked my colleague if he would give up. He conceded, and I gave the student almost full credit.
In leaving my colleague’s office, I recalled that the student had said he had many other answers to the problem, so I asked him what they were. “Oh yes,” said the student. “There are a great many ways of getting the height of a tall building with a barometer. For example, you could take the barometer out on a sunny day and measure the height of the barometer and the length of its shadow, and the length of the shadow of the building and by the use of a simple proportion, determine the height of the building.”
“Fine,” I asked. “And the others?”
“Yes,” said the student. “There is a very basic measurement method that you will like. In this method you take the barometer and begin to walk up the stairs. As you climb the stairs, you mark off the length of the barometer along the wall. You then count the number of marks, and this will give you the height of the building in barometer units. A very direct method.”
“Of course, if you want a more sophisticated method, you can tie the barometer to the end of a string, swing it as a pendulum, and determine the value of `g’ at the street level and at the top of the building. From the difference of the two values of `g’ the height of the building can be calculated.”
Finally, he concluded, there are many other ways of solving the problem. “Probably the best,” he said, “is to take the barometer to the basement and knock on the superintendent’s door. When the superintendent answers, you speak to him as follows: “Mr. Superintendent, here I have a fine barometer. If you tell me the height of this building, I will give you this barometer.”
At this point I asked the student if he really did know the conventional answer to this question. He admitted that he did, said that he was fed up with high school and college instructors trying to teach him how to think, using the “scientific method,” and to explore the deep inner logic of the subject in a pedantic way, as is often done in the new mathematics, rather than teaching him the structure of the subject. With this in mind, he decided to revive scholasticism as an academic lark to challenge the Sputnik-panicked classrooms of America.
Alexander Calandra is a member of the department of physics at Washington University, St. Louis, Missouri. This article is excerpted from his book, The Teaching of Elementary Science and Mathematics, to be published May 1, 1969, by ACCE Reporter, 829 Woodruff Drive, Ballwin, Missouri 63011.

 

4) Escaneo de la revista The Physics Teacher.
Reseña biográfica sobre Alexander Calandra, escrita por Albert A. Bartlett, con motivo del premio Millikan de la AAPT, publicado en The Physics Teacher en noviembre de 1979.
“Millikan award for 1979”
The Physics Teacher 17, 498 (1979)
5) Traducción al español de la reseña biográfica sobre Alexander Calandra, escrita por Albert A. Bartlett, con motivo del premio Millikan de la AAPT.
Publicado en The Physics Teacher en noviembre de 1979.
“Millikan award for 1979”
The Physics Teacher 17, 498 (1979)
El ganador del premio Robert A. Millikan en 1979 fue Alexander Calandra, quien dedicó toda su vida a la desafiante tarea de transmitir el interés por la comprensión de la ciencia a estudiantes de todas las edades.
Nacido en Nueva York, Alexander Calandra se especializó en química en el Brooklyn College y obtuvo un doctorado en química y estadística en la Universidad de Nueva York en I940. Incluso antes de completar su trabajo de doctorado, se involucró activamente en la educación científica y se desempeñó como consultor científico para el Servicio Cooperativo de Pruebas del American Council on Education. Ocupó cargos académicos en Brooklyn College, en la Universidad de Chicago, en la Universidad de Washington y en Webster College. En algún momento de esas transiciones académicas también hizo la transición de la química a la física y la mayor parte de su vida profesional se ha dedicado a la enseñanza de la ciencia, especialmente la física. En la Universidad de Chicago fue asistente de Enrico Fermi cuando Fermi enseñaba física de primer año. Parte del entusiasmo de Fermi por la física se contagió a Alex. Fermi llamó la atención de Arthur Compton sobre Alex y cuando Compton se mudó a la Universidad de Washington en St. Louis, invitó a Alex a St. Louis para ayudar a desarrollar un programa de educación científica para estudiantes de humanidades. Esta asociación ha continuado durante más de 30 años, tiempo durante el cual Alex ha desarrollado el rol de enlace entre el Departamento de Física y otras instituciones educativas que van desde escuelas primarias hasta universidades. En este rol de ampliar el alcance de la física, se desempeñó como Consejero Regional en Física para Missouri. En la Universidad de Washington su principal interés era enseñar física introductoria, pero no ignoró los programas de posgrado y su estimulación educativa de los estudiantes graduados ha sido de enorme valor para varias generaciones académicas de futuros profesores. En 1969, mientras mantenía sus lazos con la Universidad de Washington, se convirtió en presidente de la División de Ciencias del Webster College, donde una vez más abordó los problemas de la enseñanza de la ciencia a los estudiantes de áreas no científicas.
Fue responsable del desarrollo de una serie de programas de ciencias que enfatizaban la enseñanza de la física en las escuelas primarias. Estos proyectos requerían una enorme cantidad de escritura y Alex fue un autor prodigioso de materiales didácticos de ciencia de todo tipo. Tal vez su trabajo más conocido sea su famosa historia del barómetro, que se desarrolló por primera vez hace más de 30 años para ayudar a ilustrar un punto que estaba tratando de mostrar en la facultad de física de la Universidad de Washington.
Alex siempre ha mantenido sus puntos de vista sobre la enseñanza y se ha resistido a la tentación abrumadora de dejarse llevar por las modas y las modas en la educación científica. Observó que “la ciencia es sentido común organizado”. Cuando vio cosas que sentía que violaban el sentido común de la educación, no dudó en hablar y escribir sus sentimientos a pesar de que sus pensamientos eran contrarios a las modas educativas del momento.
En 1969 notó que “un defecto importante de muchos de los programas modernos de matemáticas es la pedantería laboriosa que se utiliza para dar la impresión de una visión matemática profunda.” Muchos científicos ahora están reconociendo la exactitud de las aquellas percepciones de Alex.
A lo largo de toda su vida profesional, Alexander Calandra ha tenido una profunda preocupación por la mejora de la enseñanza que se puede medir, no por su propia satisfacción, sino por las mejoras en la comprensión y el entusiasmo por la ciencia que los estudiantes desarrollan desde la escuela primaria hasta el posgrado.
Por sus largos y devotos esfuerzos para mejorar la enseñanza de la física, la Asociación Estadounidense de Profesores de Física se enorgullece en presentar el premio Robert A. Millikan de 1979 a Alexander Calandra.
6) Text about Alexander Calandra, by Albert A. Bartlett, on the AAPT’s Millikan Award.
Published in The Physics Teacher, November 1979.
“Millikan award for 1979”
The Physics Teacher 17, 498 (1979)
The 1979 recipient of the Robert A. Millikan award is Alexander Calandra, who has devoted a lifetime to the challenging task of imparting an interest in and an understanding of science to students of all ages.
Born in New York, Alexander Calandra majored in chemistry at Brooklyn College and earned a Ph.D. in chemistry and statistics at New York University in I940. Even before his doctoral degree work was completed he became active in science education, serving as a science consultant for the Cooperative Test Service of the American Council on Education. He held academic positions at Brooklyn College, at the University of Chicago, at Washington University and at Webster College. Somewhere in these academic transitions he also made the transition from chemistry to physics and most of his professional life has been devoted to the teaching of science, especially physics. At the University of Chicago he was an assistant to Enrico Fermi when Fermi was teaching freshman physics. Some of Fermi’s enthusiasm for physics rubbed off on Alex. Fermi called Alex to the attention of Arthur Compton and when Compton moved to Washington University at St. Louis he invited Alex to St. Louis to help develop a program of science education for liberal arts students. This association has continued for more than 30 years during which time Alex has developed the role of serving as a liaison between the Department of Physics and other educational institutions ranging front elementary schools to colleges. In this role of broadening the outreach of physics he served as Regional Counselor in physics for Missouri. At Washington University his central interest was in teaching introductory physics, but he did not ignore the graduate programs and his educational stimulation of graduate students has been of enormous value to several academic generations of future professors. In 1969, while maintaining his ties with Washington University, he became chairman of the Science Division of Webster College where once again he tackled the problems of teaching science to nonscicnce students.
He was responsible for the development of a number of science programs which emphasized the teaching of physics in the elementary schools. These projects required an enormous amount of writing, and Alex was a prodigious author of science teaching materials of all kinds. Perhaps his most widely known writing from these efforts is his famous barometer story which was first put together over 30 years ago to help illustrate a point he was trying to make with the physics faculty at Washington University.
Alex has always held to his views about teaching and has resisted the overpowering temptation to be carried away by fads and fashions in science education. He observed that “Science is organized common sense.” When he saw things that he felt violated educational common sense he did not hesitate to speak and write his feelings even though his thoughts ran counter to the current educational fashions.
In I969 he noted that “a major defect of many of the modern mathematics programs is the labored pedantry which is used to give the impression of deep mathematical insight.” Many scientists are now recognizing the correctness of Alex’s early perceptions.
Throughout all of his professional life Alexander Calandra has had a deep and profound concern for the improvement of teaching, not as it might be measured by his own satisfaction, but as the improvements are measured by the understanding of science and the enthusiasm for science which his students developed whether the students be in elementary school or in graduate school.
For his long and devoted efforts to improve the teaching of physics the American Association of Physics Teachers is proud to present the 1979 Robert A. Millikan award to Alexander Calandra.
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