La caneca de basura que divide a la Tierra en dos mitades

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La superficie de la Tierra esta atravesada por líneas imaginarias que son indispensables para ubicar un punto sobre el planeta y, de esta manera, poder orientarnos fácilmente. Son los conocidos como meridianos y paralelos, que todos aprendimos en nuestras clases de geografía, y que forman una red o sistema de coordenadas geográficas.

Los meridianos,  pasan por los polos norte y sur del globo terráqueo y sirven además para tener una referencia de las horas en diferentes lugares del planeta. Su denominación proviene del latín y significa “mediodía” ya que, mientras la Tierra da vueltas sobre sí misma (rotación), el Sol atraviesa un determinado meridiano a medio camino entre su salida (amanecer) y su puesta (anochecer).

El mas famoso de los 360 meridianos, es el de Greenwich, que divide a la Tierra en los hemisferios oriental y occidental. También conocido como el meridiano cero, debe su nombre al distrito londinense por el cual pasa, y donde se encuentra el Real Observatorio de Greenwich, construido en 1675.

El meridiano de Greenwich es la base del sistema horario desde octubre de 1884, cuando tuvo lugar en Washington D.C (Estados Unidos), la Conferencia Internacional del Meridiano. En aquella reunión, a la que asistieron delegados de 26 países, se acordó unificar el sistema horario y determinar “un meridiano para ser empleado como referencia común y como estándar de tiempo en todo el mundo.

Uno de los recuerdos típicos de millones de turistas cuando visitan Londres, es ir al famoso meridiano y tomarse una foto con un pie en cada mitad del mundo. Lo que pocos sabrán es que esa ubicación original no representa  la verdadera línea que divide al planeta en los dos.

El error se debe a que con la tecnología satelital actual (GPS) el cálculo es mucho más preciso que el registrado a finales del siglo XIX a partir de observaciones astronómicas por telescopio.

Cualquiera que se encuentre en el Parque Greenwich y use el localizador de su teléfono celular, se decepcionará al comprobar que el punto cero de referencia (longitud cero) se encuentra a 102 metros del lugar donde la línea marcada en el suelo es el escenario de las fotografías de los viajeros.

La decepción será mayor al encontrarse con una simple caneca de basura justo al lado de la verdadera línea imaginaria que divide a la Tierra en dos mitades.

¿Estamos solos en el universo?

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Abdul Azis / Getty

 

Han pasado más de cuatro siglos desde que un sacerdote italiano fuera quemado vivo en la hoguera, después de sufrir un encierro de más de ocho años, debido a sus ideas sobre el universo que fueron consideradas como herejía. Hoy la comprobación de algunas de esas ideas, como aquella de que existen otros sistemas solares en el universo, es motivo para ganar el Premio Nobel de Física.

El sacrificado – en el año 1600 – fue el astrónomo, filósofo y teólogo Giordano Bruno, un adelantado a su tiempo que, además de defender el modelo copernicano según el cual la Tierra giraba en torno al Sol, fue pionero en proponer que las estrellas en el cielo eran soles como el nuestro, alrededor de los cuales orbitan otros planetas. Aquellos mundos, pensaba Bruno,  podrían estar habitados por animales y seres inteligentes. La idea de la pluralidad de sistemas solares no gustó nada en la sociedad de la época.

Hoy Bruno es considerado como uno de los precursores de una gran revolución científica, ya que sus ideas sobrevivieron a las llamas, y continuaron influyendo a otros grandes pensadores en los siglos posteriores.

Cuando el pasado 8 de octubre se anunciaron los ganadores del Premio Nobel de Física 2019 – para el padre de la cosmología moderna James Peebles, y los astrofísicos observaciones Michel Mayor y Didier Queloz – era imposible no evocar al gran Giordano Bruno y su visión del universo que desafió a la Inquisición.

El trabajo de Mayor y Queloz les permitió descubrir en 1995 el primer planeta fuera del sistema solar (planeta extrasolar), orbitando una estrella similar al Sol. En definitiva, uno de esos sistemas solares imaginados por Giordano Bruno, que a la fecha ya suman más de 3000. La técnica perfeccionada por los dos astrónomos suizos, es capaz de medir el efecto que tiene un planeta sobre su estrella, es decir las pequeñas variaciones en la velocidad de la estrella causadas por la atracción gravitacional del planeta, aunque el planeta debido a su tamaño sea invisible a los telescopios.

Este descubrimiento revolucionó la astronomía y abrió una nueva ventana de exploración. Hoy hay confirmados más de 4000 planetas extrasolares y varias misiones espaciales seguirán descubriendo muchísimos más, pues aún falta por explorar la mayor parte de nuestra galaxia, una entre miles de millones de galaxias en el universo.

Por otro lado, seguimos buscando incansablemente las pruebas que confirmen que existe vida en otro lugar fuera de la Tierra. Para ello se deben estudiar en detalle las atmósferas de esos planetas extrasolares buscando indicios de elementos como los que contiene nuestra propia atmósfera terrestre, que puedan dar luz a las posibilidades de vida tal y como la conocemos.

Cuando llegue ese esperado descubrimiento, seguramente estaremos frente a un nuevo Premio Nobel de Física y, una vez más, volveremos a rememorar al extraordinario Giordano Bruno.

Origami espacial

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El tradicional arte de doblar papel para la creación de figuras de diversas formas, conocido como origami, ha sido parte integral de la cultura japonesa desde que fuera introducido por los chinos en el siglo VI.  Los nipones, como ningún otro pueblo, lograron incorporarlo en sus tradiciones ceremoniales y convertirlo en parte fundamental de su identidad.

Lejos de quedarse estancado en el pasado, el origami en épocas mucho más recientes – siglos XIX y XX – empezó a nutrirse de nuevas técnicas y estilos, pero además con mucha ciencia en cada doblez. Tras esta entretenida manera de crear figuras decorativas, se esconden una gran cantidad de reglas matemáticas.

Las matemáticas no solamente describen los fundamentos del origami, sino que también permiten crear casi cualquier figura que queramos, sumado a la paciencia y un poco de habilidad claro esta. No es casualidad que algunos de los mejores origamistas del mundo sean físicos y matemáticos que se han dejado atrapar por simples pedazos de papel listos para ser doblados.

En el momento actual de desarrollo de la robótica y la conquista del espacio, no pareciera que un “juego de niños” tuviera relevancia alguna. Sin embargo, el origami esta inspirando una nueva generación de diseños espaciales, como es el caso de componentes de naves espaciales para explorar el cosmos, o de satélites. Usando la técnica de dobleces se logra tener formas más compactas, con la facilidad de transporte y la reducción de costos que esto implica.

Un ejemplo que muy pronto vera la luz, será el inmenso espejo del nuevo telescopio espacial James Webb (JWST). Formado por 18 segmentos que estarán doblados de forma precisa para colocar dentro del cohete que lo llevará al espacio, se desplegará como una flor en primavera para formar una pieza de 6.5 metros de diámetro y 25 metros cuadrados de superficie con la cual podremos encontrar las primeras estrellas y galaxias que se formaron en el universo, entre muchos otros descubrimientos que nos revelará esta sofisticada máquina.

Otro de los proyectos para estar atentos es el llamado Starshade, que consiste en un inmenso iris plegable que se usaría para bloquear la luz de las estrellas, lo que permitirá la observación directa de la tenue luz proveniente de exoplaneta de tamaño parecido a la Tierra. La idea es simular un eclipse con el parasol y que un telescopio pueda captar la imagen del planeta, como cuando colocamos nuestra mano frente a nuestros ojos tapando un potente foco de luz, para poder ver lo que hay alrededor.

Es sin duda fascinante pensar en este nuevo y desafiante papel del origami en el siglo XXI.

El Universo de Tolkien

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Durante esta semana en muchas partes del mundo, un buen número de personas se reunirán a rendir tributo a uno de los grandes escritores del siglo XX, al cumplirse este 2 de septiembre los 46 años de su fallecimiento. El escritor John Ronald Reuel Tolkien, más conocido como J. R. R. Tolkien, jamás imaginó el éxito que tendrían sus fantásticos libros. Nunca mejor dicho, pues es considerado el padre de la literatura moderna de fantasía, y específicamente de lo que se conoce como “alta fantasía”, con historias ambientadas en mundos imaginarios con personajes épicos, al igual que sus tramas.

Desde pequeño solía explorar los bosques cercanos a Worcestershire (Inglaterra), a donde había llegado a vivir con su madre poco después de la muerte de su padre en África. En su adolescencia, Tolkien había empezado a escribir una serie de mitos y leyendas sobre la Tierra Media, un continente ficticio en donde tienen lugar la mayor parte de sus historias.

El universo de Tolkien plasmado en su “legendarium”, palabra con la cual utilizó el propio autor para describir su mitología sobre la Tierra Media, se refleja en libros tan populares como El Silmarillion, El Hobbit, La última canción de Bilbo, y El Señor de los Anillos, entre otros. En ellos son comunes las referencias astronómicas, de hecho Tolkien recrea una descripción de estrellas, constelaciones, planetas y cuerpos celestes que acompañan las aventuras de los personajes y sus historias.

En su vasta obra, muchos han estudiado diversos campos reflejados en ella, y entre ellos su concepción astronómica que esta basada en nuestro firmamento. A partir de la base de conocimiento real sobre la esfera celeste y los diversos objetos que podemos contemplar en ella, y mientras desarrollaba su mundo imaginario, Tolkien empieza a construir historias para explicar hechos como la creación del Sol, la formación de la Luna, o la creación de los cráteres sobre la superficie de satélite natural.

Otra relación con la astronomía en la Tierra Media son los calendarios y la forma cómo se mide el tiempo por los distintos pueblos y en las diferentes épocas descritas en las historias. Se destacan los períodos históricos de la Tierra Media, o Edades del Sol, en los cuales el tiempo es medido a partir de los ciclos solares (días y años).

En la actualidad Tolkien y algunas de sus creaciones permanecen referenciadas en el universo real en diversos objetos. Por ejemplo en Titán, la mayor luna de Saturno, se encuentran una gran cantidad de montes bautizados con los nombres de las montañas de la Tierra Media (Angmar, Dolmed, Echoriat, Erebor, entre otros) y colinas nombradas con personajes de la obra de Tolkien (Bilbo, Gandalf, Nimloth, etc). El asteroide 2675 Tolkien, y el cráter Tolkien en Mercurio, nos recuerdan también a este asombroso hombre que abrió una visión de un universo imaginario y fantástico.

La fiebre del oro espacial

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La reciente noticia del descubrimiento de un nuevo asteroide de tamaño comparable al de un campo de fútbol y que se denominó 2019 OK, causo gran revuelo, después de que pasara a “escasos” 73.000 kilómetros de nuestro planeta, lo que representa una quinta parte de la distancia que nos separa de la Luna. Se estima que de haber chocado contra la Tierra hubiera liberado una energía equivalente a 30 veces la bomba que fue lanzada en la ciudad de Hiroshima durante la Segunda Guerra Mundial.

Este evento es considerado ya como uno de los mayores acercamientos de una de estas rocas espaciales. 2019 OK tiene una órbita elíptica con una trayectoria que atraviesa el cinturón de asteroides entre las órbitas de Marte y Júpiter y posteriormente pasa por el interior de las órbitas de la Tierra y Venus.

El cinturón de asteroides es justamente la región más conocida en nuestro sistema solar que alberga una amplia cantidad de rocas que puede alcanzar los millones de objetos de diferentes tamaños y formas irregulares. De acuerdo a su composición existen básicamente tres categorías principales para caracterizarlos: carbonáceos, silicatos o metálicos.

Estos cuerpos han sido estudiados desde hace varias décadas y uno de los principales intereses radica en el hecho de que representan vestigios de los orígenes del sistema solar, al ser restos de la formación de los planetas y lunas alrededor de un joven Sol hace 4.600 millones de años.

Un nuevo interés se centra en su riqueza mineral (oro, níquel, hierro, platino, iridio, tungsteno, magnesio, rodio) y varias empresas privadas están viendo el jugoso valor comercial de su explotación, al contener elementos escasos y difíciles de conseguir en la Tierra. En proporción, las concentraciones de estos metales en los asteroides son bastante mayores a las que hay en nuestro planeta.

Los asteroides pasaran de ser una mina de información para los científicos, a una verdadera mina de extracción de recursos que moverá muchísimo dinero. Se dice que el primer trillonario de la historia será la persona que explote los recursos naturales en los asteroides. La Nasa estima que el valor de todos los minerales almacenados en los cuerpos del cinturón de asteroides equivale a cien mil millones de dólares por cada habitante de la Tierra.

Algunos satélites ya han explorado asteroides. El más reciente fue la misión Hayabusa 2 que fue lanzada en el 2014 y en junio de este año, por segunda vez, logró posarse sobre el asteroide Ryugu para recoger muestras subterráneas, que traerá de vuelta a la Tierra el próximo año. También la misión OSIRIS-REx lanzada en el año 2016 debe traer de vuelta unos dos kilos de material del asteroide Bennu sobre el que se posará en diciembre de este año.

Comienza una carrera por ser el primero en implementar la minería de asteroides con todas las implicaciones éticas,  económicas y políticas que conlleva.