Brotes de estrellas en galaxias donde no deberían nacer

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Galaxias elípticas

Composición de las tres galaxias elípticas estudiadas, con la estructura en forma de brazos espirales delineada en contornos. Crédito: SDSS y CALIFA.

Las galaxias elípticas se caracterizan por su forma esferoidal, carente de rasgos destacables, y por un color rojizo que procede de una población estelar muy envejecida. Se trata de galaxias muy masivas donde la formación de estrellas se detuvo hace miles de millones de años. Sin embargo, un equipo internacional de astrónomos ha hallado, en tres galaxias elípticas del universo cercano, una estructura muy tenue similar a los brazos de las galaxias espirales que alberga estrellas en formación.

“Según nuestra visión actual, los diseños en forma de grandes espirales se asocian con las galaxias con forma de disco, como la Vía Láctea o M101. Estas son, generalmente, regiones donde la formación estelar se dispara. De ahí que nos sorprendiera descubrir rasgos similares en galaxias elípticas donde, en principio, no se forman estrellas”, apunta Jean Michel Gomes, investigador del Instituto de Astrofísica y Ciencias del Espacio (IA) de Oporto (Portugal) que encabeza el estudio.

El hallazgo de estos brazos espirales, extremadamente tenues, ha sido posible gracias a CALIFA, un proyecto desarrollado en el Observatorio de Calar Alto que emplea la técnica conocida como espectroscopía 3D. Esta permite cartografiar galaxias enteras y generar mapas de sus distintas propiedades, como la edad de sus estrellas, su velocidad o su composición química. Los datos de CALIFA han sido combinados con las imágenes del sondeo SDSS.

“Nunca hubiéramos podido detectar rasgos tan débiles sin CALIFA”, señala José Manuel Vílchez, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) que participa en el trabajo. “Con las técnicas tradicionales estructuras así quedaban diluidas por la luz de fondo de las estrellas, pero la sensibilidad espectral de CALIFA ha abierto un nuevo escenario en el estudio de las galaxias elípticas”.

Estas estructuras espirales, donde se están formando estrellas masivas, constituyen una prueba de que las galaxias elípticas, en apariencia mortecinas, aún mantienen un leve crecimiento en sus regiones externas. Sin embargo, aún se desconoce si estos brotes de formación estelar son sus últimos vestigios de actividad o si se trata más bien de un rejuvenecimiento debido a la interacción con galaxias menores.

La búsqueda y el estudio de este tipo de estructuras resulta fundamental para comprender la historia de las galaxias elípticas que, se cree, se forman mediante procesos de fusión de galaxias y contienen en torno a la mitad de las estrellas que el universo ha producido a lo largo de su historia.

Fuente: SINC

Muy probablemente el Universo ha albergado muchas civilizaciones extraterrestres

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Civilización extraterrestre

Ilustración artística del mundo de una civilización extraterrestre. Crédito: Sanskarans (DeviantArt).

Es probable que muchos otros planetas en el Universo albergasen vida inteligente mucho antes que la Tierra, sugiere un estudio.

La probabilidad de que una civilización se desarrollase en un planeta potencialmente habitable tendría que ser menos de 1 en 10.000 trillones –o una parte en 1022– para que la humanidad sea la primera especie tecnológicamente avanzada que el cosmos ha conocido, según el estudio.

“Para mí, esto implica que otras especies inteligentes productoras de tecnología muy probablemente han evolucionado antes que nosotros”, dijo el autor principal Adam Frank, profesor de física y astronomía en la Universidad de Rochester en Nueva York.

“Piénselo de esta manera: Antes de nuestro resultado, serías considerado un pesimista si imaginaras que la probabilidad de evolucionar de una civilización en un planeta habitable fuera, digamos, una en un billón”, dijo Frank en un comunicado. “Pero incluso esa suposición –una en un billón– implica que lo que ha pasado aquí en la Tierra con la humanidad ha pasado aproximadamente 10 mil millones de otras veces durante la historia cósmica”.

En 1961, el astrónomo Frank Drake ideó una fórmula para estimar la cantidad de civilizaciones extraterrestres que podrían existir actualmente en la Vía Láctea.

Adam Frank y el coautor Woodruff Sullivan de la Universidad de Washington estaban interesados en las probabilidades de que los extraterrestres inteligentes hayan existido en cualquier lugar del Universo. Así que modificaron la famosa ecuación de Drake, resultando una “versión arqueológica” que no toma en cuenta cuánto pueden durar las civilizaciones extraterrestres.

Frank y Sullivan también incorporaron observaciones del telescopio Kepler de la NASA y otros instrumentos, los que sugieren que aproximadamente el 20% de todas las estrellas albergan planetas en la zona habitable, donde podría existir agua líquida en su superficie.

Luego, los investigadores calcularon la probabilidad de que la Tierra fuera el primer hogar de vida inteligente en el Universo, después de tomar en cuenta la cantidad de estrellas en el Universo observable (unas 20.000 trillones).

“Desde una perspectiva fundamental, la pregunta es ‘¿Ha ocurrido antes en algún lugar?’. Nuestro resultado es la primera vez que alguien ha sido capaz de dar una respuesta empírica para esa pregunta, y es asombrosamente probable que no seamos la única vez y el único lugar donde una civilización avanzada ha evolucionado”, dijo Frank.

Pero esto no significa que hay montones de civilizaciones allí fuera esperando a ser contactadas, subrayaron los investigadores.

“El Universo tiene más de 13.000 millones de años de edad”, dijo Sullivan en el comunicado. “Eso significa que incluso si ha habido 1.000 civilizaciones en nuestra galaxia, si ellas vivieran solo lo mismo que nosotros –unos 10.000 años[1]– entonces todas ya se habrían extinto. Y otras no evolucionarán hasta mucho después que nos hayamos ido. Para que tengamos una alta probabilidad de éxito en encontrar otra civilización tecnológica activa ‘contemporánea’, en promedio ellos deberían durar mucho más de lo que actualmente hemos durado”.

El estudio “A New Empirical Constraint on the Prevalence of Technological Species in the Universe” fue publicado en la edición del 13 de mayo de 2016 de la revista Astrobiology.

[1] La cifra de 10.000 años mencionada por Sullivan se refiere al desarrollo de la agricultura y otras tecnologías “rudimentarias”; la humanidad ha sido capaz de enviar ondas de radio y otras señales electromagnéticas al cosmos solo durante aproximadamente un siglo.

Fuente: Space.com

Ceres alberga compuestos orgánicos

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Compuestos orgánicos en Ceres

Zonas alrededor del cráter Ernutet de Ceres donde se ha descubierto material orgánico (etiquetadas de la ‘a’ a la ‘f’). La intensidad de la banda de absorción orgánica se representa con colores, donde los más cálidos indican las concentraciones más altas. Crédito: NASA/JPL-Caltech/UCLA/ASI/INAF/MPS/DLR/IDA.

Entre las órbitas de Marte y Júpiter se mueve el planeta enano Ceres, el mayor de los objetos del cinturón de asteroides. La semana pasada, científicos italianos y estadounidenses informaron que han encontrado en su superficie un material orgánico alifático, formado por compuestos de carbono de cadena abierta implicados en la química que genera la vida.

Para realizar el estudio, los autores han utilizado los datos del espectrómetro cartográfico de luz visible e infrarrojo de la nave Dawn de la NASA, mientras sobrevolaba un territorio, de unos 1.000 km2, en el entorno del cráter Ernutet del planeta enano.

En esa zona se ha detectado un material con longitudes de onda características de los grupos metilo (­CH3) y metileno (CH2), propios de la materia orgánica. Aunque todavía no se dispone de información suficiente para determinar exactamente de qué compuestos se trata, se sabe su parecido a minerales orgánicos tipo alquitrán, como la asfaltita o el kerite.

Los investigadores consideran que el material orgánico es nativo de Ceres. Como este cuerpo planetario contiene gran cantidad de agua y puede haber retenido calor interno desde su etapa de formación, es muy probable que los compuestos orgánicos se generaran en su interior. Después se pudieron unir a otros componentes esenciales para la vida.

“La presencia combinada en Ceres de este material orgánico, junto a minerales hidratados con amoníaco, el hielo de agua, carbonatos y sales, supone un entorno químico muy complejo, lo que sugiere un ambiente favorable para la química prebiótica”, destaca la autora principal, María Cristina De Sanctis, del Instituto Nacional de Astrofísica de Roma.

Respecto a la posibilidad de que los compuestos orgánicos detectados pudieran haber llegado a Ceres a bordo de un asteroide u otro objeto con el que impactara, los autores lo descartan: “Es poco probable que este material se haya depositado ahí desde una fuente externa mediante un impacto, porque el calor extremo los habría destruido, y porque su distribución en la superficie no se corresponde con ese tipo de colisión”.

Un hallazgo intrigante de importancia astrobiológica

“Descubrir una concentración localmente alta de materia orgánica en Ceres es realmente intrigante, con amplias implicaciones en astrobiología”, señala Simone Marchi, del Instituto de Investigación del Suroeste (Texas, EE.UU.) y coautora del trabajo.

En este contexto, el investigador Michael Küppers, que trabaja en el centro ESAC que tiene la Agencia Espacial Europea cerca de Madrid, destaca en otro artículo la importancia del descubrimiento de moléculas complejas y agua en Ceres.

“De Sanctis y el resto del equipo proporcionan las primeras observaciones de material orgánico en Ceres, confirmando su presencia en el cinturón de asteroides”, subraya. “Este planeta enano se une así a Marte y varias lunas de planetas gigantes (como Europa, Encelado o Titán) en la lista de lugares del sistema solar que pueden albergar vida”.

El estudio “Localized aliphatic organic material on the surface of Ceres” fue publicado en la edición del 17 de febrero de 2017 de la revista Science.

Fuente: SINC

SpaceX lanza un cohete desde una histórica plataforma de la NASA

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Lanzamiento Falcon 9, CRS-10

Falcon 9 y Dragon despegan desde la plataforma de lanzamiento 39A para la misión CRS-10. Crédito: SpaceX.

SpaceX ha lanzado hoy un cohete Falcon 9 desde la histórica plataforma 39-A del Centro Espacial Kennedy de la NASA en Florida. La misión CRS-10 incluye una cápsula Dragon que reabastecerá a la Estación Espacial Internacional.

La plataforma de lanzamiento 39-A es la misma desde donde despegó la misión Apollo 4 el 9 de noviembre 1967, en donde se realizó el primer vuelo de prueba del cohete Saturn V que llevó a los astronautas de Apollo a la Luna. Además, el primer transbordador, Columbia, también despegó desde esta plataforma el 12 de abril de 1981 en la misión STS-1.

Ahora, la plataforma 39-A es operada por SpaceX gracias a un acuerdo con NASA.

El lanzamiento de la misión CRS-10 con una cápsula Dragon es el primero desde la plataforma 39-A desde la última misión del transbordador espacial el 8 de julio de 2011. Dragon entregará unos 2.500 kg de suministros a la estación espacial.

Aterrizaje Falcon 9

Aterrizaje de la primera etapa del cohete Falcon 9, el 19 de febrero de 2017. Crédito: SpaceX.

Adicionalmente, SpaceX aterrizó verticalmente la primera etapa de su cohete de vuelta en Cabo Cañaveral unos 8 minutos después del lanzamiento, algo logrado solo dos veces antes, ya que la mayoría de los aterrizajes exitosos de sus cohetes fueron llevados a cabo en plataformas en el mar.

Fuente: NASA

Los cerebros de los astronautas cambian de forma durante el vuelo espacial

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Cambios cerebro en vuelo espacial

La fila superior muestra cambios cerebrales con reposo de larga duración en cama. La fila inferior muestra los cambios cerebrales con el vuelo espacial. El naranjo muestra regiones de aumento y azul de disminución de materia gris. Hay una cierta superposición pero también hay diferencias notables con el vuelo espacial que muestra más cambios en el cerebelo, una estructura que está implicada en el aprendizaje del motor.

Los cerebros de los astronautas en misiones espaciales se comprimen y se expanden durante el vuelo espacial, según un estudio de la Universidad de Michigan.

Los hallazgos podrían tener aplicaciones para el tratamiento de otras condiciones de salud que afectan la función cerebral, de acuerdo a la investigadora principal Rachael Seidler, profesora de kinesiología y psicología.

El estudio, que se cree que es el primero en examinar los cambios estructurales que tienen lugar en los cerebros de los astronautas durante el vuelo espacial, encontró que el volumen de materia gris aumentó o disminuyó, y la magnitud de la alteración dependió de la duración del tiempo en el espacio.

Seidler y sus colegas examinaron resonancias magnéticas estructurales en 12 astronautas que pasaron dos semanas como miembros de la tripulación, y 14 que pasaron seis meses en la Estación Espacial Internacional. Todos experimentaron aumentos y disminuciones de la materia gris en diferentes partes del cerebro, con cambios más pronunciados mientras más tiempo pasaron en el espacio.

“Encontramos grandes regiones de disminución del volumen de materia gris, que podrían estar relacionadas con la redistribución del líquido cefalorraquídeo en el espacio”, dijo Seidler. “La gravedad no está disponible para atraer fluidos hacia abajo en el cuerpo, dando lugar a la llamada cara hinchada en el espacio. Esto puede dar lugar a un cambio de la posición del cerebro o la compresión”.

Los investigadores también encontraron aumentos en el volumen de materia gris en las regiones que controlan el movimiento de las piernas y procesan la información sensorial de las piernas, lo que puede reflejar cambios relacionados con el cerebro aprendiendo a moverse en microgravedad. Estos cambios fueron mayores en los astronautas de la estación espacial porque sus cerebros estaban aprendiendo y adaptándose 24/7.

“Es interesante porque incluso si amas algo no vas a practicar más de una hora al día”, dijo Seidler.

Pero los cambios cerebrales que los investigadores observaron equivalían a alguien que practicaba una nueva habilidad las veinticuatro horas del día.

“En el espacio, es un ejemplo extremo de neuroplasticidad en el cerebro porque estás en un ambiente de microgravedad las 24 horas del día”, dijo Seidler.

A pesar de que no han identificado la naturaleza exacta de los cambios aún, los resultados pueden conducir a nuevas formas de pensar sobre ciertas condiciones de salud; por ejemplo, para las personas que están en reposo en cama por largos períodos o para quienes tienen hidrocefalia de presión normal, una condición en la que líquido cefalorraquídeo se acumula en los ventrículos en el cerebro y provoca presión.

Seidler dijo que los cambios cerebrales podrían reflejar nuevas conexiones entre las neuronas, y está liderando otro estudio a largo plazo que ayudará a determinar las repercusiones en la cognición y el rendimiento físico, así como cuánto tiempo los cambios del cerebro duran. Por ejemplo, incluso después de los retornos de equilibrio, el cerebro todavía podría reclutar vías diferentes para compensar los cambios estructurales del cerebro causados ​​por el vuelo espacial.

“El comportamiento puede volver a la normalidad, pero la forma en que el cerebro controla el comportamiento puede cambiar”, dijo.

Estos resultados son en gran parte paralelos a los hallazgos de un estudio de reposo en cama a largo plazo que Seidler está llevando a cabo, en que los voluntarios pasaron hasta tres meses en posición inclinada hacia abajo y el cerebro se desplazó hacia arriba.

El artículo “Brain structural plasticity with spaceflight” fue publicado el 19 de diciembre de 2016 por Nature Microgravity.

Fuente: University of Michigan